Persiguiendo la entelequia

 

He quedado con mi amigo Pablo para ponernos al día después de mucho tiempo de no vernos. Ese tipo de reuniones que te sacan de la inercia del día a día, donde recuerdas historias pasadas que coronas con promesas vacías de futuros reencuentros. Sí, exactamente esas citas que anhelas porque te dan la vida, pero se repiten menos de lo que deberían, porque los amigos hay que cuidarlos y parece mentira que seamos tan desastres.

Mi afán de puntualidad ha hecho que llegue demasiado pronto. Aún quedan cuarenta minutos, así que entro en un bar cercano llamado: La cervecería, lo que denota una desbordante imaginación, a la altura del culto a la higiene que profesan los dueños del local. No veo a nadie, por lo que me freno un poco pensando que quizás aún no hayan abierto las puertas al modesto público.

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Calamitoso desencuentro

 

Como todos los domingos, me dirigía tranquilamente a comprar el periódico y una barra de pan a mi kiosco predilecto, en esa prematura hora en la que se mezclan la resignación del empleado obligatorio, el entusiasmo de deportista patológico y la embriaguez difusa de trasnochador. A medio camino me crucé con una mujer entrada en años, de oronda figura y análogo humor, que me paró alegando tener cierta amistad con mi familia.

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Hara

 

Llevaba toda su corta vida preparándose para aquello. Hara se entrenaba concienzudamente para la tarea para la que había nacido. Día tras día estiraba todos los músculos, tomaba un breve desayuno, un poco de agua y salía a correr.

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