No mires atrás

 

El centro era pulcro, minimalista y espacioso. Transmitía inmensidad y confianza. El joven recepcionista me recibió con una amplia y bien estudiada sonrisa. Luego me entregó una enorme cantidad de impresos sujetos auna tablilla plástica y me indicó unos asientos de manera mecánica.

“¿Desea obtener enormes beneficios sin apenas mover un dedo?”
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Al principio, aquel enigmático anuncio de periódico me había caído como una bendición. Ya había participado en otros estudios sociológicos y cosas por el estilo, pero lo que pagaba aquella gente era desorbitado. Y solo por veinticuatro horas de mi tiempo. Tampoco es que yo sirviese para otra cosa, y la alternativa era pasar el día mirando el techo.

Este puto gotero suena como campanadas de nochevieja. No es normal. Estos cabrones quieren volverte loco, no te dejes amedrentar…

Había demasiada información en aquellos folios sintéticos, mucha de ella incomprensible. Pero bueno, era un ensayo clínico. Estaba tan acostumbrado a toda aquella parafernalia que ya ni la leía. Solo necesitaba pensar en el dinero.

Para distraerme, comencé a juguetear con mi moneda de la suerte. Siempre me fascinaron los juegos de prestidigitación y había empleado muchas horas en perfeccionar la técnica.

—¿Has terminado ya? —Al levantar la vista, la sonrisa artificial me escudriñaba desde las alturas, paciente e implacable.

—¿Cómo? ¡Ah, sí! Perdona, aquí tienes.

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Corazón de algodoncillo

 

Sara era la niña más buena del pequeño pueblo de Villa Jabugo. Era tan, tan buena, que tenía un corazón que no le cabía en el pecho y por eso lo llevaba a todas partes en su pequeña carretilla.

Era un corazón de algodoncillo de azúcar, al que todas las noches le ponía una mantita para que no pasase frío y, cuando llovía, lo cubría con un bonito impermeable con girasoles dibujados. En los días soleados, Sara saltaba corriendo de la cama para hacer sus tareas diarias antes de ir a la escuela, y por la tarde jugaba con sus amigos después de terminar los deberes. No podía ser una niña más feliz.

A medida que crecía, el corazón de Sara iba haciéndose más grande al ritmo de su alegría, hasta el punto de que cada vez se le hacía más difícil arrastrar la pesada carretilla. Las cuestas le parecían más empinadas y tardaba una eternidad en recorrer la escasa distancia entre su casa y la escuela.

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En la piel del aimsir (fábula climática)

 
Cuenta una antigua fábula que, hace mucho tiempo, existía una aldea situada entre montañas, grutas y bosques antiguos, cuyos habitantes vivían en armonioso equilibrio. Durante años, coexistieron con unas extrañas criaturas que poblaban las profundas cuevas de los acantilados sobre los que se asentaba su poblado. Eran muy difíciles de ver por su carácter huidizo, pero a lo largo de generaciones habían dejado patente su presencia y el enorme beneficio que ofrecían a los aldeanos.

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Entre acordes y palabras – Banda Sonora Opcional

 

Hoy no vengo a contarles ninguna historia. Hoy les traigo algo sin lo que mis historias quedarían un poco huérfanas.

Aquellos que siguen el blog desde hace un tiempo —y los que me conocen desde hace más aún— saben el importante papel que juega la música en mi vida. Cada momento importante ha tenido siempre una banda sonora asociada. Unos acordes que complementaban mi estado de ánimo en cada circunstancia, que grababan a fuego sentimientos y momentos especiales,  tristes o felices, pero siempre inolvidables. Recuerdo hacer recopilatorios de música en un patético intento de declarar amores imposibles; ver Alta Fidelidad pegado a la pantalla sintiéndome absolutamente identificado con el personaje de John Cusack, al menos en lo que a música se refería —el trauma de aquel hombre con las mujeres merecería un post enterito para él solo—, y ser incapaz de concebir la vida sin unos auriculares que añadían acordes a mis pasos, textos, viajes y deseos.

Cuando comencé a recopilar mis historias en este blog sabía que no estarían completas si no le añadía una banda sonora a cada una — aunque luego cada cual eligiese si escucharla o no— puesto que yo no era nada sin mi música, y mis relatos eran una extensión de mi persona. ¿Cómo darle la espalda a la música cuando ella formaba una parte indivisible de mi historia?

A lo largo de este escaso año y medio he procurado complementar cada historia con una canción que tuviese una relación más o menos estrecha con ella. A veces la música se asociaba al momento de escribir el relato; otras, su letra ayudaba a entender el significado subyacente; algunas veces simplemente tenían un título que servía de hilo conductor de mis pensamientos, pero en la mayoría de las ocasiones existía una profunda conexión entre la canción y la persona, recuerdo, o tema que la inspiró en primer lugar.

Sea como fuere, ninguna de las canciones elegidas ha sido una elección caprichosa o producto del azar, y por eso me parecía importante recogerlas todas en un mismo lugar, sirviendo de recipiente sensorial de mis locuras.

Es divertido tenerlas todas juntas y ver lo dispares que son unas de otras, releer los relatos que tienen asociados, volver a asociarlos con las imágenes que las acompañan —ese es otro tema que daría para una entrada completa—, recordar la realidad que se esconde detrás de la ficción y revivir los mágicos y solitarios momentos de creación literaria.

Si bien no está toda la música que me representa —sería complicado que los lectores se concentrasen en un relato mientras suena el I’m broken de Pantera o el Killing in the name, de Rage Against The Machine— sí que me representa toda la música que está, que es mucha y muy variada. He procurado evitar, en la medida de lo posible, repetir artistas —salvo en el caso de Mondo Diavolo por motivos evidentes— y buscar versiones que ayudasen a seguir el hilo de la historia y no incomodase demasiado la lectura. Lo primero ha sido una labor titánica; esto último lo he conseguido a duras penas.

En cualquier caso, espero que disfrutes tanto como yo de esta lista de Spotify, que irá creciendo poco a poco, con el devenir de los textos.

Ojalá que tus pasos sigan siempre el compás de tus canciones favoritas.

 

Ilusiones preferentes. Primera parte. (1/2)

 

Tengo algo entre los dientes, lo sé. No consigo notarlo con la lengua, pero seguro que tengo algo entre los dientes. Si no, ¿por qué la nueva secretaria me iba a mirar con esa cara de asco? Joder, dónde coño estás maldito hijo de-

—Ha llegado su visita de las cinco, señor Bielsa—. Casi se me sale el corazón por la boca al ver la diminuta proyección virtual de mi secretaria, de pie sobre la mesa.

—Gracias, preciosa. Hazle pasar. Y te he dicho que me llames Juanmi, ya sabes, para que haya buen rollo.

—En seguida le paso, señor.

—Otra cosita, querida. ¿Te importa traerme un holoespejo?

—Ahora mismo, señor.

A esta chica le queda mucho por aprender si quiere llegar a ser más que una simple secretaria. Menos mal que no la ha cagado de momento, porque con ese carácter que tiene y lo poco arregladita que va, no sé cómo pasó las entrevistas. La anterior por lo menos tenía un buen par de tetas.

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Serendipia

 

Hoy les traigo un relato muy especial para mí. Fue el primer intento de escribir una novela que recuerdo y el culpable de las innumerables horas muertas que pasé en la cafetería de mi facultad con un lápiz y una libreta.

Finalmente deseché el proyecto tras meses de frustración, así que quedó olvidado en un cajón. Serendipia no es más que el comienzo de aquel proyecto olvidado, reconvertido en relato corto. Espero que les guste.

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Al fondo a la derecha

 

Aquella figura, que le devolvía la mirada desde el escaparate del Café de las almas perdidas, le era completamente ajena. No recordaba exactamente cuándo había comenzado a renegar de su cruel anatomía, oponiéndose a la resignación de aceptar el resultado de unos dados que nunca le habían dejado lanzar.

Con un profundo suspiro, proyectó toda la rabia contenida hacia el desconocido reflejo, cubriéndolo con una agradecida nebulosa de vaho, y se dispuso a entrar en aquella cafetería con nombre de película francesa. No tardó en localizar a su madre al fondo del establecimiento, sentada en la misma mesa donde la esperaba todos los días a las cinco de la tarde.

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Singularidad. Primera parte. (1/2)

 

Abrí la puerta de la vieja librería, y el sonido de la campanilla me transportó inmediatamente a tiempos tan antiguos como mis recuerdos. Había pasado una vida desde la última vez que crucé el umbral entre la realidad y la fantasía; entre la apatía de una adolescencia tímida y aislada, y la valentía de enfrentarme —aunque fuese como mero espectador— a infinitas aventuras, dramas y misterios.

Cuando el incisivo tañido de aquella guardiana de historias se fue apagando, todo quedó en silencio, como si cualquier sonido quedase amortiguado por el peso del polvo y la memoria. Mis dedos, surcados por los aperos del tiempo, recorrieron el lomo de los cuerpos acostados, leyendo con esfuerzo los nombres de mis antiguos compañeros de batalla. Hacía demasiado tiempo que mis yemas no sentían el agradable tacto del cartón, el cuero y el papel. Sin embargo, recordaba perfectamente las horas que pasé sentado en aquellos pasillos estrechos, descubriendo con asombro los retos a los que debían enfrentarse Ulises, Ahab y compañía.

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