Un viaje sin retorno

El domingo pasado mi corazón quedó hecho pedazos, pero de sus restos surgió algo mejor y necesitaba contarlo de manera cruda y directa, despojado de las pieles del relato.

Todo comenzó poco antes de las ocho y media, cuando encendí el televisor para poder ver el estreno de Astral, aquel documental de Salvados que tanto habían anunciado, sobre la labor que ProActiva Open Arms está realizando en el Mediterráneo para salvar de una muerte segura a quienes se juegan la vida día tras día en busca de una vida mejor. Por si esto fuera poco, a este reportaje le siguieron otros dos, sobre los refugiados sirios en Jordania, y sobre los inmigrantes que tratan de cruzar la valla de Melilla, por lo que la noche se prometía intensa.

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Franz

Franz no era más que un tipo cualquiera, gris y aburrido de la vida, que sentía un profundo vacío. Como si los días no acabasen nunca de estar completos. Días que pasaban sin ser capaz de darle un rumbo a su vida.

Solamente Mona le había completado alguna vez. Pero Mona se había ido para siempre y nunca volvería. Y eso le atormentaba cada noche, al posar su cabeza sobre la almohada e imaginar qué cruel deidad había podido obrar para que ocurriese tal desastre.

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Bofetadas de vacío inmaculado

Delante del blanco telón de mi futuro trato de convertir recuerdos en delirantes fantasías.

Las letras bailan incesantes, mientras el peso de granos invisibles, pero grandes como piedras, me recuerda que la vida huye lentamente por un desagüe de clichés y vanas esperanzas, presa de la monotonía encerrada entre cuatro paredes incapaces de dictar un rumbo definido.

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Una nana para Ariadna

Ariadna nació en un mundo de destellos y fachadas. Un mundo de caminos de ida y vuelta, cuyas metas eran siempre artificiales. Fue un regalo divino injustamente rechazado, roto incluso meses antes de nacer, por el desprecio de una madre que siempre antepuso su carrera profesional de pasarela y ficción, a la dicha de ser ejemplo y parte en la vida de una hermosa criatura.

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Un lugar en el mundo

Parecía inverosímil que, con el tiepo que había dedicado a buscarle una solución, me encontrase de nuevo con aquel particular dilema.

Pasé años dando vueltas a la pequeña pieza de irregular contorno, limando sus aristas, ablandando sus bordes, e incluso interpretando de una manera un tanto laxa las reglas de aquel divertimento, al tratar de pintar su superficie. Nada de aquello tuvo el éxito esperado.

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Isobares noctiformes

Notaba como el agua se abría paso con ansias a través de mis desgastadas suelas, como si quisiese reptar a lo largo de la columna y aplacar el fuego que bullía en el interior de mi cabeza. Un torbellino con años de experiencia para crecer y pasar de tormenta tropical a huracán de fuerza cinco. Razones no le faltaban para arrasar con todo lo que se le pusiese en ese momento por delante.

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Ave Fénix

CÁNCER.

La pequeña sala se quedó congelada por un instante que parecieron años y cada una de esas letras se le clavó en el estómago, como la estocada de un traidor, parando su corazón en cada embate.

— ¿Te encuentras bien? — dijo el médico —. Sé que es una noticia difícil de digerir, pero a la luz de las pruebas realizadas creo que lo mejor es comenzar lo antes posible con el tratamiento.

Las palabras se disolvían en una nebulosa sin sentido, ¿cómo podía estar bien? Su cuerpo le daba la espalda para golpearla en el mismo centro de la maldición de Eva, como si considerase que ya no era de por sí suficiente maldición. Había llevado una vida sana y activa, había seguido paso a paso, todos los consejos de cualquier manual al uso sobre cómo salir en el programa matinal de cualquier televisión local, delante de un pastel con cien candelas. Y, sin embargo, allí estaba tras haber soplado menos de la mitad, enfrentándose a la bancarrota de cualquier fabricante de velas que hubiese decidido invertir en su persona.

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Alas marchitas

 

No conseguía concebir el sueño, aunque fuese intranquilo. Su lecho no era más que un remolino de sábanas llameantes envolviendo un cuerpo cansado, crecido a destiempo y que en breves momentos había cometido la osadía de creerse conocedor de los misterios de la raza humana. Toda la habitación daba vueltas en una espiral que le empujaba hacia el lado más oculto de su psique, golpeando sus pilares, escupiéndole preguntas y amenazando con no permitirle un segundo de ignorante felicidad.

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Oruga

Estaba abatido en aquellos escalones cuando apareciste, con tu enorme sonrisa y un pastel de chocolate en la mano, dispuesta a sentarte justo encima de mí. Casi me aplastas, pero te percataste de mi existencia cuando ya había desistido de entender a la raza humana. Estaba anonadado con aquella mirada curiosa y penetrante que me observaba desde las alturas. Era difícil aceptar mi condición de oruga cuando, normalmente, nadie quería cruzarse con una.

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