Recuerda que es altamente recomendable acompañar la lectura con la Banda Sonora Opcional que aparece al final de cada relato.

   

Ilusiones preferentes. Primera parte. (1/2)

Imagen de moneda con la palabra "Liberty" para ilustrar Ilusiones preferentes

Puedes ver la imagen original en la cuenta de Flickr de Ray Nelson.

 

Tengo algo entre los dientes, lo sé. No consigo notarlo con la lengua, pero seguro que tengo algo entre los dientes. Si no, ¿por qué la nueva secretaria me iba a mirar con esa cara de asco? Joder, dónde coño estás maldito hijo de-

—Ha llegado su visita de las cinco, señor Bielsa—. Casi se me sale el corazón por la boca al ver la diminuta proyección virtual de mi secretaria, de pie sobre la mesa.

—Gracias, preciosa. Hazle pasar. Y te he dicho que me llames Juanmi, ya sabes, para que haya buen rollo.

—En seguida le paso, señor.

—Otra cosita, querida. ¿Te importa traerme un holoespejo?

—Ahora mismo, señor.

A esta chica le queda mucho por aprender si quiere llegar a ser más que una simple secretaria. Menos mal que no la ha cagado de momento, porque con ese carácter que tiene y lo poco arregladita que va, no sé cómo pasó las entrevistas. La anterior por lo menos tenía un buen par de tetas.

—Disculpe, ¿se puede?

En la puerta asoma la cabeza desaliñada del siguiente cliente potencial. Un tal Pedro González, ¿préstamos, inversiones? Mierda, tendría que haber mirado la ficha que me preparó la secretaria. Igualmente, el tipo tiene una pinta perfectamente olvidable.

—¡Adelante, señor González! ¿Puedo llamarle Pedro? El lema de esta empresa es la cercanía por delante. Y cuanto más cerca mejor.

—Juanmi, ¿eres tú? —El hombre se acerca con una sonrisa en los labios.

Mierda, me conoce. ¿De qué? Piensa. ¿Del club? No, a un tipo así no creo que le vayan ese tipo de diversiones. En la facultad no es que hiciera muchos amigos, pero me sonaría, joder. Al menos parece amistoso.

—¡No te veía desde el colegio! ¿Cómo está tu familia?

Gracias, me acabas de salvar el culo.

—¡Muy bien, Pedro! —digo en su lugar— No te había reconocido. Sí que hace tiempo, sí. ¿Qué puedo hacer por ti?

Ojeo rápidamente el informe de los de análisis de riesgos: Estático de larga duración, licenciado en bioinformática, trabajos esporádicos y declaración de la renta irrisoria en los últimos años. La madre falleció recientemente por un tumor cerebral no diagnosticado. Sin seguro, pero le deja algún dinero; los ahorros de toda una vida. Por ahí podríamos sacar algo en claro. Otro que querrá montar un Virtua-bar.

—Verás, desde mi oficina me dijeron que viniese a hablar contigo porque eras el que llevabas toda la parte de préstamos para negocios.

Bingo.

—Pues te han informado estupendamente —digo con mi mejor sonrisa, para luego mirarle comprensivo—, pero primero déjame decirte cuánto siento tu pérdida. Tu madre era una gran mujer.

—Muchas gracias, la verdad es que llevaba mucho tiempo luchando. Casi fue una bendición que dejase de sufrir.

—Aun así, estas cosas nunca son plato de buen gusto —mirada perdida, recordando. Labios apretados. Una pausa justa acompañada de un suspiro—. Pero volvamos a lo que te ha traído hasta aquí. ¿Así que estabas pensando en convertirte en un entrepeneur?

—Siempre tuve la ilusión de montar una pequeña tienda de reparación de implantes electrónicos, algo modesto pero nunca he podido ahorrar lo suficiente.

—No hay nada como ser tu propio jefe, ¿eh?

—¡Y que lo digas! El caso es que mi madre me dejó un dinero al fallecer, pero no alcanza para poner en marcha la tienda. Entre el alquiler, la compra de componentes y demás, me quedaría sin dinero antes de tener una buena cartera de clientes.

—Los primeros pasos siempre son difíciles, pero para eso están los amigos ¿verdad? Veamos lo que podemos hacer.

Vuelvo a mirar los papeles. Una tienda de reparaciones, hay que joderse. ¡Pero si ya ni puedes sacarle la batería a los implantes! Hay gente que tiene un pésimo olfato para los negocios. Casi hubiese preferido que quisiese montar un bar. Al menos tendría copas gratis.

—Ummm, es una empresa ambiciosa, la verdad. Y con la tecnología avanzando a marchas forzadas, casi sale más barato descargarse en un cuerpo nuevo que andar trasteando con los circuitos.

—Tienes razón, Juanmi, pero la gente está cada vez más comprometida con la reutilización y la guerra contra la obsolescencia programada.

—¿La qué?

—Obsolescencia programada. Verás, es una teoría antigua que se ha puesto de moda últimamente. Parte de la creencia de que las grandes empresas del sector diseñan sus bioactualizaciones con fecha de caducidad para promover el ciberconsumismo. Por eso ya nada dura tanto como antes.

—Bueno, es lógico que se incentive el comercio, ¿no? Si no, el capitalismo se iría al garete…

—Claro, pero nada en exceso es bueno. —Una sonrisa casi condescendiente. Seguro que este muerto de hambre me ha tomado por un paleto.

—Todo eso suena muy utópico y muy neohípster. Y créeme cuando te digo que lo neohípster ahora mismo es un valor en alza, pero sin un plan de negocios que respalde el proyecto no creo que los de arriba me dejen hacer demasiado. Ya sabes que los currantes al final tenemos las manos atadas —veo tu sonrisa y subo a carita de inocencia y palmas de impotencia—. Además, con antecedentes de cáncer en la familia nadie en su sano juicio te dejará avalar con un respaldo genético.

—Sé que mi patrón genético no es de primera categoría, pero tengo algunos alelos muy cotizados. Mi abuelo era pelirrojo, y yo tengo los ojos azules.

Pedro me mira sin demasiada convicción. En el fondo es solo un pobre infeliz desesperado por hacer realidad sus ilusiones. ¿Y de qué viviría yo sin esas ilusiones?

—Me temo que con eso no basta para el préstamo que necesitas. Sin embargo, acabamos de sacar un producto en exclusiva que quizás podría resolver nuestro problema.

—¿De qué se trata? —En los ojos de Pedro se intuye un destello de esperanza que casi bloquea mi inhibidor de escrúpulos.

—Verás, es un préstamo especial diseñado para soñadores como tú, mi querido amigo. Tenemos la capacidad de poner a tu disposición sumas importantes de dinero, escalonadas en función de un depósito previo.

Deslizo un folleto con los detalles y Pedro lo recoge confuso, aunque su expresión cambia al fijarse en las cifras.

—¡Vaya! Estamos hablando de muchísimo dinero…

—Más que suficiente para montar tu tienda de reparaciones, ¿no crees?

—Y hasta para montar una franquicia…, pero me preocupa eso de los depósitos. Ya sabes que mi situación no es muy boyante.

Me recuesto en mi silla reclinable como indican todos los manuales. Eso da seguridad al cliente potencial. Entonces comienzo a soltar carrete.

—¿Qué pensarías si te dijese que hemos conseguido que «de ilusiones también se vive» deje de ser una simple frase hecha?

—Pensaría que me estás tomando el pelo, Juanmi, y la verdad es que no tengo tiempo para esto. —Pedro hace el ademán de levantarse.

—Antes de irte respóndeme a esto. ¿Cuál es la mayor carencia de nuestra sociedad?

Pedro se queda quieto en mitad del movimiento, pensativo. Si mi instinto no me falla, el hambre, la educación o la ecología será lo primero que le venga a la mente, pero lo desechará de inmediato. Al fin y al cabo he dicho deliberadamente nuestra sociedad, dejando fuera a los territorios no estratificados.

—Las ilusiones —digo sin dejarle pensar más—. Reconozcámoslo, con los suplementos vitalicios hace años que la enfermedad y el hambre se han convertido en algo marginal, las energías limpias apenas generan residuos y la Red Global Biosensorial ha puesto a nuestro alcance un completo mundo virtual y sin carencias a coste cero. Tenemos todo lo que podamos desear y eso nos convierte en criaturas acomodadas, sin ambición y hace que perdamos poco a poco el contacto con la realidad.

—No creo que eso sea aplicable a todos los estratos.

—Pero sí a los más altos —pausa dramática, mirada de confidencia—. No sé si debería contarte esto, pero tenemos informes que aseguran que la gente está dejando de soñar, Pedro. Hay quienes han entrado en un estado de consciencia suspendida, adormilados por la falta de estímulos reales, de esperanzas.

—¿Y esa gente quiere invertir en mi negocio para recuperar la ilusión?

—No me estás escuchando, Pedrito. Lo que quieren es que tú inviertas tus ilusiones en ellos a plazo fijo.

Continuará…

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

 

¿Quieres saber cómo termina?
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Banda Sonora Opcional: Money – Pink Floyd