Recuerda que es altamente recomendable acompañar la lectura con la Banda Sonora Opcional que aparece al final de cada relato.

   

Singularidad. Segunda parte. (2/2)

Escaparate de una librería oscuro y lleno de rasguños

Puedes ver la imagen original en la cuenta de Flickr de Álvaro Ibáñez.

 

Lo prometido es deuda. Aquí les dejo el desenlace del relato Singularidad. Si ya leíste de la primera parte, te animo a descubrir el sorprendente final. Si no, ¿A qué estás esperando? (No digas que no te lo advertí)

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Singularidad. Segunda parte.

—Realizar tan alegremente ese tipo de afirmaciones puede meterte en muchos problemas hoy en día —dijo Clara con una sonrisa de reconocimiento en los labios, al tiempo que bajaba el arma lentamente.

—¡Bendito Gilgamesh! —alcancé a decir, tras recuperarme del shock— Cuando te conocí supe que algún día cogerías el relevo de tu abuelo, pero tal y como están las cosas me sorprendió que la librería siguiese aún en pie.

—Bueno, ya te habrás imaginado por las pintadas y los tablones del escaparate que no es la tienda más popular del vecindario. Dejé de limpiarlas cuando me di cuenta de que en un mundo gris hecho de patrones idénticos, hasta esas frases vejatorias tenían algo de creatividad. Además, si creen que está cerrada, al menos dejarán de molestarme.

—El mundo se está volviendo majareta, Clara. Y a los pocos que quedamos con una pizca de sensatez se nos persigue como a las brujas de tiempos más oscuros ¿Recuerdas las horas que pasábamos devorando libros en estos mismo pasillos? Ahora suena casi a fantasía de otro mundo.

—Las recuerdo vivamente, como también recuerdo el día en que me abandonaste sin dejar ni una nota de despedida. —Las palabras de Clara estaban cargadas de la tristeza madura que solo concede el tiempo.

—Siento no haber tenido la oportunidad de despedirme. Con la amenaza de la guerra, el orfanato decidió trasladarnos repentinamente y, como aún era menor de edad, tampoco pude negarme. Traté de escribirte en innumerables ocasiones, pero nunca encontré el valor suficiente.

—Pues parece haberte costado bastante tiempo reunirlo —respondió Clara con cierto tono de reproche.

—Entiendo que estés enfadada conmigo. Durante años, solamente tu recuerdo y estas historias me mantuvieron en pie —dije señalando alrededor—. Desde entonces he dedicado todos mis esfuerzos a luchar contra esta locura colectiva que las está enterrando en el olvido.

—¿Y qué te trae aquí después de tanto tiempo?

—Debía comprobar si los rumores eran ciertos. Si eras tú esa loca disidente que seguía conservando los peligrosos libros del pasado, desafiando a la Homogeneización entera con sus excentricidades. Necesitaba pedirte perdón por tantos años de ausencia. Recuperar a la que un día fue mi mayor aliada contra la estupidez humana.

—Ni leyendo todos estos antiguos libros serías capaz de imaginar lo que se siente al ser abandonada —dijo Clara bajando la mirada—. Tras la guerra mi abuelo fue de los primeros en sufrir los disturbios producidos por el discurso del odio. Estuvieron a punto de quemar la tienda en innumerables ocasiones y su corazón, con cada escaparate destrozado, con cada libro calcinado se acercaba un poco más a su último latido. Al final no pudo luchar más y me dejó sola, como tú, frente a la irracionalidad del mundo.

—Aun así aguantaste y supiste conservar todo aquello por lo que peleó tu abuelo —respondí con una súplica cargada de esperanza—. Y aunque no lo parezca, las cosas están mejorando.

—Y pensar que solo hacía falta perder completamente la esperanza para volver a escuchar la campanilla de esa puerta…

—Escucha —dije mientras sostenía la mano libre de Clara, pues la que sujetaba el aturdidor descansaba inerte en su costado—, llevo tiempo en contacto con ciertos círculos intelectuales que aún resisten a esta especie de sinsentido transitorio, y están entusiasmados por saber que aún existen santuarios del conocimiento como este.

—Éramos solo unos críos soñadores embelesados por las fantasías de escritores del pasado —musitó Clara bajando la mirada—. Es encomiable que después de tanto tiempo sigas aferrado a aquellas historias.

—Eso es porque aquellas historias son más necesarias que nunca —contesté mientras se giraba para contemplar las hileras de libros antiguos—. Imagina las posibilidades, Clara. ¡La de consciencias que despertarán todas estas páginas!

Un chasquido metálico me arrancó de mis ensoñaciones y haciéndome girar bruscamente en dirección a mi antiguo amor platónico.

—Ahora es demasiado tarde —dijo Clara, mientras me apuntaba directamente con el Aturdidor—. Pasé demasiados años aferrada a tu memoria, esperando tu regreso mientras me enfrentaba sola a un mundo cada vez más plano. Te prometo que aguanté cuanto pude, pero esta especie ya no tiene remedio. Esto se ha convertido en una lucha que somos incapaces de vencer, porque es contra nosotros mismos. Uniéndome a ellos al menos dejaré de tener miedo, de pensar. Llevo demasiados años golpeando un muro de gris titanio con un pico de papel.

Ni leyendo todos estos antiguos libros serías capaz de imaginar lo que se siente al ser abandonada.

—¿No te das cuenta de que eso es precisamente lo que buscan? —supliqué al tiempo que levantaba los brazos— Utilizarte como señuelo para capturarme no es sino una muestra más de su desesperación. Tienen miedo de lo que son incapaces de comprender.

—¿Señuelo dices? ¡Ni siquiera sabía que eras tú a quien buscaban! —me espetó ella con lágrimas en los ojos— Para mí eres solo un recuerdo muerto y enterrado hace décadas.

—En tu mano está convertirme en algo más que un recuerdo. Juntos haremos que la humanidad recupere la fe en sí misma —respondí con ternura, mientras me acercaba muy despacio y posaba mi mano en la de Clara, bajando poco a poco el cañón del aturdidor.

***

Cuando Óscar apoyó su mano sobre la mía, lo único que deseé fue fundirme en un abrazo que borrase todos estos meses de locura. Neutralizar con un largo beso el amargo sabor de la traición que tenía en el paladar.

—Esto no está bien —susurré mirando al suelo—. Márchate antes de que sea demasiado tarde.

La campanilla de la puerta sonó enmarcando mis palabras en una perversa melodía y las pupilas de mi añorado amor de juventud se elevaron con rapidez, dejando sus ojos en blanco por un momento. Acto seguido descendieron repentinamente al suelo junto con el resto de su cuerpo, barriendo un montón de libros de una de las estanterías bajas que poblaban el establecimiento.

—¡No! —supliqué al hombre de uniforme que se recortaba en la puerta abierta de la librería, sin apenas poder articular la desesperación que se abría paso a través de mi garganta.

—Por un momento nos pareció notar ciertas dudas en su determinación de cumplir con nuestro acuerdo, ciudadana —dijo el agente con un tono aterradoramente plano, mientras guardaba su propio Aturdidor—. Tendremos que reconsiderar los términos de nuestro acuerdo, evidentemente. Al fin y al cabo, sería una irresponsabilidad por nuestra parte y un peligro para nuestros ciudadanos que este lugar quedase sin homogeneizar.

Dos agentes más entraron en la librería, con la misma mirada vacía que el anterior, y procedieron a recoger su cuerpo inerte.

—Nunca entenderemos tanta fijación por estos trazos caóticos y esquemas incomprensibles —dijo el más joven de los agentes mirando fijamente uno de los libros abiertos en el suelo. No tendría más de quince años.

—¿Qué van a hacer con él? —alcancé a preguntar con un hilo de voz, mientras se alejaban.

—¿Cómo puede alguien disfrutar con estos garabatos de serpientes con elefantes en las tripas? —continuó el muchacho ignorando la pregunta, mientras salían del establecimiento.

El homogen dijo algo más antes de dar media vuelta y salir detrás de los jóvenes agentes, pero fui incapaz de comprender sus palabras. La última frase de aquel muchacho bailaba en mi cabeza, mientras observaba el surco que dejaba entre los libros arrugados, el cuerpo de la única persona a quien quise alguna vez, a parte de mi abuelo. Al final, el beso que tanto anhelaba se había convertido en el ósculo de Judas. La humanidad se merecía una condena ejemplar y yo era otra prueba más a favor de la sentencia.

 

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

 

Banda Sonora Opcional: Mad World – Gary Jules