Recuerda que es altamente recomendable acompañar la lectura con la Banda Sonora Opcional que aparece al final de cada relato.

   

Singularidad. Primera parte. (1/2)

Escaparate de una librería

Puedes ver la imagen original en la cuenta de Flickr de Álvaro Ibáñez.

 

Abrí la puerta de la vieja librería, y el sonido de la campanilla me transportó inmediatamente a tiempos tan antiguos como mis recuerdos. Había pasado una vida desde la última vez que crucé el umbral entre la realidad y la fantasía; entre la apatía de una adolescencia tímida y aislada, y la valentía de enfrentarme —aunque fuese como mero espectador— a infinitas aventuras, dramas y misterios.

Cuando el incisivo tañido de aquella guardiana de historias se fue apagando, todo quedó en silencio, como si cualquier sonido quedase amortiguado por el peso del polvo y la memoria. Mis dedos, surcados por los aperos del tiempo, recorrieron el lomo de los cuerpos acostados, leyendo con esfuerzo los nombres de mis antiguos compañeros de batalla. Hacía demasiado tiempo que mis yemas no sentían el agradable tacto del cartón, el cuero y el papel. Sin embargo, recordaba perfectamente las horas que pasé sentado en aquellos pasillos estrechos, descubriendo con asombro los retos a los que debían enfrentarse Ulises, Ahab y compañía.

* * *

De pequeño nunca tuve demasiados amigos. Los niños del orfanato se alejaban de mi lado por considerarme un «bicho raro». Siempre me costó entender los misterios de la naturaleza humana, y es difícil sobrevivir en esta vida sin el calor de la amistad, por lo que a punto estuve de seguir el camino equivocado. Sin embargo, un hecho sirvió de señal indicadora en mi vital cruce de caminos.

Recordaba vivamente el día en el que, tras fugarme de las clases de la mañana, terminé delante del escaparate de aquella antigua librería. Lo que vi al otro lado del cristal fue un espectáculo increíble donde decenas de autómatas recreaban historias clásicas, construidas sobre un escenario hecho de novelas, relatos y cuentos ilustrados. Pasé muchas horas hipnotizado por los movimientos mecánicos de las hermosas marionetas pero, poco a poco, mi atención se dirigió a los innumerables títulos y las coloridas portadas de los libros que poblaban aquel escaparate de ensueño.

—¿No deberías de estar en la escuela? —inquirió a mis espaldas un viejo librero de rostro amable y mirada inteligente, que me observaba por encima de las gafas.

Mi primer instinto fue salir corriendo, pero la imponente presencia del librero me impedía mover los pies y apenas era capaz de articular una frase coherente.

—Llevo un rato observándote desde dentro de la tienda y pareces un muchacho avispado —dijo entonces el anciano—. ¿Por qué no entras y echas un vistazo? Quizás encuentres algo interesante.

Jamás se habían referido a mí de aquella forma y no sabía muy bien qué responder, pero la curiosidad se impuso al recelo y decidí adentrarme en la fresca oscuridad de un mundo que me cambiaría para siempre.

A partir de aquel momento, cada vez que tenía tiempo libre me acercaba a contemplar las historias vivientes elaboradas con tanto mimo en el escaparate de la pequeña librería, para luego entrar y sumergirme en la magia de infinitos universos. Y con cada ejemplar que el librero me prestaba, crecía un poco más como persona.

Un día, mientras trataba de resolver un caso especialmente complicado junto a Sherlock Holmes y el doctor Watson, conocí a Clara, la joven nieta del anciano y, con ella, una nueva acepción para el término «amistad». Era un regalo de color para mi existencia monocroma, un contenedor de preguntas ansioso de obtener respuestas y envuelto con el lazo de la más cálida de las sonrisas.

Juntos devoramos historias infantiles, descubrimos enigmas juveniles y discutimos acaloradamente sobre teorías filosóficas de adultos, viviendo juntos un número incontable de existencias, haciéndonos mayores de la mano, en un mundo cada vez más tecnológico que apenas entendíamos. Nos prometimos un millón de veces mantener viva la amistad pero, por desgracia, los juramentos de la infancia suelen tener las alas cortas y al final los fuertes vientos de cambio que se avecinaban terminaron por dispersar nuestras palabras.

Había pasado una vida desde la última vez que crucé el umbral entre la realidad y la fantasía; entre la apatía de una adolescencia tímida y aislada, y la valentía de enfrentarme a infinitas aventuras.

Una guerra incomprensible hizo añicos la realidad y nuestras vidas se separaron abruptamente sin darnos siquiera la oportunidad de despedirnos. Apenas sabíamos los motivos, aunque sospechábamos que aquella singularidad de la que todos hablaban tenía parte de la culpa. Los medios llevaban años hablando de máquinas pensantes y futuros de película a la vuelta de la esquina, pero daban la sensación de ser cábalas juliovernianas difícilmente realizables. No obstante, la carrera entre los grandes poderes por hacerse con aquella novedosa tecnología había desembocado finalmente en conflictos internacionales y alianzas inverosímiles que pusieron al mundo patas arriba.

Los años transcurrieron lentamente, lastrados por el miedo y la inestabilidad que obligaron a muchas familias a huir de sus hogares pidiendo asilo en las pocas regiones donde aún se conservaba un poco de cordura. Pero nunca olvidé aquella pequeña librería capaz de enseñarme a vivir tantas vidas sin apenas moverme de sus pasillos polvorientos.

Como siempre ocurre en estos casos, tras la guerra se dictó sentencia contra quienes menos culpa tenían y se impuso una homogeneización cultural. La población comenzó a demonizar cualquier muestra de creatividad individual por miedo al regreso de los incontrolados avances del pasado. La estupidez humana confundió individualidad con individualismo, poniendo a su curiosidad natural en el punto de mira y permitiendo que el temor a lo desconocido terminase por apretar el gatillo. Todo se creaba mediante estándares homologados. Todo tenía un propósito común. Nadie destacaba. Todos decidieron libremente dejar de pensar de forma libre.

—¿Cómo ha entrado aquí?— La repentina pregunta me devolvió de golpe a un presente teñido de nostalgia.

—Perdone, me había perdido entre viejos recuerdos. No estaba seguro de que este lugar siguiese aún en pie. Con tanto clon intelectual ya apenas se encuentran sitios así.

Al girarme, me encontré de frente con aquellos cristalinos ojos verdes que, aunque ya estaban rodeados por la implacable telaraña de la experiencia, me transportaron al pasado con tal velocidad que mi corazón se olvidó por un momento de conservar el métrico compás de sus latidos. Sin embargo, pronto recuperó el tiempo perdido, al reparar en el Aturdidor que apuntaba directamente a su válvula mitral.

—Clara, ¿eres tú?

Continuará…

Un relato de Fernando Díez

 

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Banda Sonora Opcional: Bookstore / Peer Pressure / Over Our Heads – Jon Brion