Parálisis

Me cuesta unos segundos reconocer el lugar en el que estoy, a pesar del inconfundible traqueteo del vagón. Siempre pongo el automático cuando vuelvo a casa, especialmente si me he tomado unas cervezas de más y las neuronas no hacen más que divagar hacia fangos que es mejor no remover. A esta hora, la escasa gente que comparte mi vaivén son presa del sopor y el «nunca más»; ese portal interdimensional en el que se dan la mano los que acaban de ser arrancados de la cama contra su voluntad y los que se arrastran a duras penas hacia ella.

No es la primera vez que me despisto, pero nunca había tenido un lapso de memoria tan largo. Solo han sido un par de cervezas; no he bebido tanto, joder.

Intento comprobar si al menos no me he saltado la parada, pero, a pesar de que intento dirigir la vista hacia el cartel de la línea, mis ojos siguen clavados en el asiento de delante. ¿Cuánto tiempo llevo así? No consigo recordarlo. Al menos no hay nadie sentado a quien pueda hacer sentir incómodo.

Respiro hondo, eso sigue funcionando, y pongo en orden mis pensamientos. En algún audiolibro de coach y crecimiento personal leí que era importante adquirir autoconsciencia de tu cuerpo, así que empiezo a hacer balance en orden ascendente.

Como me temía, mis pies siguen anclados al suelo, envueltos en esas zapatillas tan caras y cómodas que todos terminamos comprándonos cuando llegamos a cierta edad, y que ahora tienen la suela desgastada por tantas caminatas solitarias y pasos en falso. Los dedos se niegan a responder a mi orden de movimiento. La sensación es extraña; no es como si estuviesen esculpidos en mármol ni nada parecido, más bien parecen estar rodeados de una sustancia demasiado densa. Las rodillas, que tantas veces he hincado frente a otros, ahora se mantienen unidas y estáticas, pero con el recuerdo tembloroso de tantas preguntas nunca formuladas.

Sobre ellas, mis manos sudorosas han perdido su temblor característico, engarzadas al alrededor de las rodillas con tal presión que mis nudillos están blancos como el hueso de debajo. Sin ellas no soy nadie. Sin ellas todo está perdido. Carezco de definición.

Intento conservar la calma a duras penas. Me resisto a entrar en pánico, así que sigo subiendo, aferrado a una absurda esperanza, hacia las caderas. Ellas no pueden fallarme. Son las únicas que se adaptan a su entorno cuando el alcohol toma la palabra. Las que se esfuerzan en integrarme cuando las piernas solo quieren salir corriendo. Las que demuestran, junto con los dedos y la lengua, que la potencia sin control solo se traduce en petulancia. Pero ellas también parecen empeñadas en ignorarme.

Irónicamente, el corazón me late desbocado en un pecho completamente estático. Cualquiera que me mire desde fuera pensará que estoy muerto por la falta de vaivén. ¿Quién iba a pensar que en semejante situación iba a estar más activo el órgano al que atravesaban infinitas cicatrices?

Un sudor frío recorre mi espina dorsal, prácticamente soldada al respaldo del asiento, hasta alcanzar mis hombros inmutables, a pesar del enorme peso que soportan. La única respuesta se traduce en la ignición habitual de mis mejillas, como en casi cualquier situación de esta naturaleza; una alerta pomulosa que enmarca y grita a los cuatro vientos mis desgracias, enmarcando un cuadro que, en lugar de estar oculto en un desván, me empeño en pasear a donde voy.

Trato de gritar, pero, oh, sorpresa, mi garganta se bloquea. Al menos esta no es una sensación que me pille por sorpresa. Con los años me he acostumbrado a su sequedad y a la bola de palabras y emociones que la obstruyen, incapaces de atravesar una boca atenazada por las dudas y la inseguridad.

La cabeza empieza a darme vueltas, presa de la locura. Trato de entender lo que me pasa, pero soy completamente incapaz. Por fin se descubrió el pastel; por fin queda patente que todo esto es una pantomima, que no tengo ni puta idea de lo que hago, y que ni crecimiento personal, ni hostias en vinagre. Me ha dado la espalda el único en quien confiaba, un impostor con ínfulas y circunvoluciones al que le da por desconectarse cuando más lo necesito. Por fin se ha materializado el bucle eterno de mi inacción.

—Perdona, ¿te encuentras bien? —pregunta una chica de voz dulce, mirada profunda y piercing en el labio, a la que solo puedo intuir en los límites periféricos de mi visión. El cálido contacto de su mano sobre mi hombro solo consigue que mi parálisis se acentúe.

Mientras la línea circular continúa su interminable trayecto, ella solo alcanza a atisbar un movimiento: el de dos gotas resbalando desde esas ventanas traicioneras que continúan clavadas en el asiento de delante.

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

Banda Sonora Opcional: Little Talks – Of Monsters and men