Paradojas de un escritor en ciernes

La semana pasada volví a publicar en este blog después de más de un mes embarcado en otros proyectos. A pesar de que la publicación en sí fue producto de una desgarradora noticia para el mundo de la música, la motivación que me impulsó a escribir la entrada me hizo plantearme muchas cosas.

Desde hacía mucho tiempo, aunque encontraba muchas cosas que contar, apenas tenía tiempo para desarrollarlas. Y cuando al fin conseguía algo de tiempo, mis energías creativas estaban prácticamente agotadas por otros proyectos que contaré más adelante.

La cuestión es que cuando me sentaba delante de alguna historia sin terminar o algún artículo a medio empezar, era la apatía la que me devolvía la mirada a través de una cortina de polvo y una hoja en gris. Solo entonces me daba cuenta de lo sucia que estaba la pantalla de mi ordenador y me ponía a ordenar la mesa, los apuntes, las libretas, la cama, la ropa sucia, el perro y casi cualquier cosa que me alejase un poco de las teclas y la estilográfica.

¿Será esto a lo que sabe el pánico a la hoja en blanco? ¿Tendré que hacer de la procrastinación mi nueva religión? ¿Al fin el síndrome del impostor me habrá ganado la partida?

 

La línea recta es el camino más corto hacia el fracaso

Pero no, eso no puede ser, al fin y al cabo lidio con esas tribulaciones a diario, así que muy irónico sería que me pillasen en una emboscada mis sospechosos habituales.

Entonces me puse a explorar los motivos por los que me costaba tanto sentarme a desarrollar una idea desde cero, vomitando las palabras que se agolpaban desde el lóbulo frontal a la garganta y me di cuenta de una enorme paradoja: cuanto más estudiaba, cuanto más inmerso estaba en el desarrollo técnico de guiones para cortometrajes y cuentos ilustrados, más me costaba simplemente escupir un par de páginas de tinta con forma de relato, sin pensar, dejándome llevar por la creatividad más visceral.

Si lo piensas, no deja de ser una evolución lógica del cuanto más sabes, más estúpido te sientes: estudiar métodos y estructuras hace que te des cuenta de lo importante que es la  documentación y desarrollo de los personajes, que no solo basta con tener una casilla de salida y una meta cojonuda. Sin embargo, es muy fácil dejarse llevar por los aforismos y sentencias lapidarias de Field o Snyder, o de la romántica ambigüedad de McKee, pero pronto te das cuenta de que todos estos gurús del guion terminan diciendo más o menos las mismas cosas y pidiéndote que sigas las mismas reglas básicas, que cada uno denomina de manera ligeramente diferente.

Y que, cuando las sigues, te encuentras muchas veces ante un producto prefabricado y carente de alma. Un gólem al que hemos olvidado darle un nombre.

Ah, bueno, entonces todo está arreglado. Los manuales a la basura, que total son todos unos vende motos, y a dejarme llevar por la intuición, que para eso está, ¿no?

Desgraciadamente las cosas nunca son tan sencillas.

 

El éxito radica en el equilibrio

Como bien dice el guionista Daniel Tubau en el libro Las paradojas del guionista, del que me he tomado la licencia de parafrasear el título:

En la historia de la ciencia y del arte hay bastantes ejemplos de no especialistas que hacen grandes hallazgos, porque los expertos están demasiado limitados por los dogmas de la profesión. Como decía Mallarmé: «Definir es matar, sugerir es crear». […] No se trata, por supuesto, de dejar de aprender, pero sí de evitar que el aprendizaje se convierta en un corsé para nuestro pensamiento.

Tal vez desentrañar los entresijos de la escritura puede ayudarnos a mejorar la calidad de nuestros textos, revistiéndolos de una personalidad y una profundidad de las que carecían. O puede que simplemente nos ayuden a darle nombre a lo que antes hacíamos por pura intuición.

Lo que está claro es que saber de lo que hablamos y de dónde viene lo que hacemos cuando escribimos, puede resultar una herramienta muy poderosa cuando nos bloqueamos o nos topamos con algún obstáculo insalvable, porque nos da seguridad. Y porque siempre es bueno tener una fuente a la que recurrir… o culpar de nuestras desgracias.

Pero también es importante no perder de vista las ideas, la creatividad y el impulso visceral que nos apremia a querer contar una historia. Esa sensación de urgencia en mitad de la noche, cuando te levantas súbitamente con una idea en la cabeza y buscas a tientas las gafas, el boli y el papel. O esa noticia desgarradora que te remueve por dentro y te apremia a volcar tus sentimientos sobre una hoja en blanco.

Lo que quiero decir es que no solo de esquemas y estructuras viven los escritores (y guionistas). Cuando pones el alma en lo que escribes es cuando consigues conectar genuinamente con lo que haces. Solo entonces cobrarán vida los textos y tus palabras calarán más hondo en quien las lea.

Debemos creer en lo que queremos transmitir y sentirlo de verdad, enamorarnos del mensaje. Luego ya vendrá la forma de expresarlo.

Porque si nos quedamos encasquillados en el cómo queremos contar una historia, corremos el riesgo de olvidarnos de qué queríamos contar en un principio.

Un texto de Fernando D. Umpiérrez

 

Publicado por Fernando D. Umpiérrez

Guionista, escritor, superviviente y tan biólogo como médico el Gran Wyoming. Un soñador empedernido encerrado en el cuerpo de un pragmático redomado. Observador impasible de realidades alternativas. Ahora sobrevivo como guionista de fortuna. Si buscas alguna historia y no la encuentras, quizás puedas contratarme...