Recuerda que es altamente recomendable acompañar la lectura con la Banda Sonora Opcional que aparece al final de cada relato.

   

Mirando a los ojos del abismo

Los miedos a los que nos enfrentamos a diario pueden hacernos caer fácilmente en un abismo.

Puedes ver la imagen original en la cuenta de Flickr de Petras Gagilas.

 

Cuando llevas demasiado tiempo siendo arrastrado por la inercia del fracaso, es fácil caer en la desidia. Pierdes incluso las ganas de hacer las cosas que antes te apasionaban.

Inicias cada proyecto nuevo con cierta ilusión, pero con la oscura certeza de que acabará en el limbo de los cuentos inconclusos, en donde terminaron muchos otros.

Una losa más que cargarte a las espaldas.

Otro lazo en el dedo que sirva como recordatorio de tus dudas.

Cuando el miedo se hace con las riendas, es muy fácil buscar excusas con tal de no tomar decisiones importantes. Porque sientes que llevas demasiado tiempo enfrentándote a problemas para los que nadie te ha preparado y frente a los que nadie te aconseja.

Tú contra el mundo.

El mundo y tus demonios.

Y poco a poco la inercia de la apatía te envuelve con su manto protector, haciéndote pensar erróneamente que, si no haces nada, no podrás volver a fracasar.

Es lo más cercano a un estado de consciencia suspendida, que se retroalimenta y crece como un cáncer. Te bloquea y te impide enfrentarte a cualquier situación nueva. Corres el riesgo, incluso, de perder las pocas habilidades sociales que tenías, de considerarlas una febril quimera del pasado, pese a tener como fiel recordatorio a un buen puñado de amigos y conocidos dispuestos a ser tu muleta en cualquier momento dela travesía.

Pero terminas por dejar de caminar. Simplemente te paras en el camino de la vida, mientras dejas que esta te atraviese. Pasas de ser el río que se adapta y fluye alrededor de los obstáculos, para convertirte en esa roca que bloquea y que todos esquivan por sistema.

Encerrado entre cuatro paredes te marchitas poco a poco, sin apenas darte cuenta, presa de tus propios temores, echando balones fuera y culpando a los demás de tus desgracias. Hasta los trámites rutinarios te suponen un esfuerzo y enfrentarte a los cajeros del banco puede llegar a ser una gesta inafrontable.

Terminas por anquilosarte en lo que algunos llaman tu zona de confort, que no es más que una tumba muy profunda que has cavado para no ver salir el sol.

Pero a menos que seas un ermitaño viviendo aislado en la montaña, la vida te llamará la atención tarde o temprano. Bien con un leve empujón o con un directo a la mandíbula, terminarás teniendo que enfrentarte a esa realidad a la que le diste la espalda. Y reza porque tengas el suficiente tiempo para enmendar el error.

Porque el ser humano tiene una increíble capacidad de supervivencia, pero una vida limitada. Y peor que pasar toda la vida aislado en una burbuja, es que estalle con el tiempo justo para echar la vista atrás y ser consciente de las oportunidades perdidas justo antes de estirar la pata.

Bien con un leve empujón o con un directo a la mandíbula, terminarás teniendo que enfrentarte a esa realidad a la que le diste la espalda. Y reza porque tengas el suficiente tiempo para enmendar el error.

Sé que no es fácil encontrar las fuerzas, pero debes convencerte de que está ahí, agazapadas. De que nunca perdemos esa chispa catalizadora que nos permite volver a poner en marcha la maquinaria. Porque si no crees en ello, jamás volverás a ver la luz del sol por muchas piedras que lancen a tu ventana.

Tal vez si te aferras a esa chispa, tarde o temprano encuentres la energía necesaria para iniciar la marcha. Bien gracias a una terca fuerza de voluntad, bien gracias al apoyo de terceros —aunque siempre suele ser mejor una mezcla de aire y combustible—, en algún momento te darás cuenta de que debes caminar para llegar a alguna parte.

De repente todo cobra un nuevo sentido. La realidad se muestra ligeramente diferente; menos gris, menos pesada. Recuperas ilusiones que creías olvidadas. Afrontas nuevos proyectos con renovada ilusión. Hablas de ellos a todas horas, como si se tratase de un amor de juventud.

El problema es que el miedo tiene raíces profundas y cuesta mucho hacerlo desaparecer. Temes que todo sea un espejismo y que en cualquier momento te encuentres solo y perdido en medio del desierto.

Y por eso hablas de ello a todas horas. Para que no se desvanezca. Para convencerte a ti mismo de que es una buena idea y temiendo que el abismo que se abre justo delante de tus pies te devuelva la mirada. Y por supuesto que te la devuelve, cada mañana desde el centro del espejo, asegurándote que esto no es más que otro sueño pasajero que terminará en fracaso. Que la sábana caerá cuando menos te lo esperes, mostrando al mundo las imperfecciones de tu alma.

Entonces te vuelves receloso, reacio a desvelar detalles de ninguna nueva aventura. Porque cualquier cosa puede pasar; porque odias hablar de ti y ser el centro de atención. Pero el miedo te atenaza, y resulta inevitable proclamar tus planes a los cuatro vientos, porque es la única manera de encontrar el valor suficiente para no volver a sumergirte en la acogedora oscuridad de esas cuatro paredes que te sabes de memoria.

Y así transcurre la vida, entre cimas y barrancos. Huyendo del miedo a lo que hay fuera mientras luchas con tus propios fantasmas interiores. Tratando de poner un pie delante del otro hasta que sangren, por muchas veces que te encuentres pisando una y otra vez la misma tierra. O tomando continuamente direcciones aparentemente opuestas.

Porque caminar no es huir hacia delante, siempre que no olvides lo que dejas a tu espalda.

 

Una reflexión de Fernando D. Umpiérrez

 

Banda Sonora Opcional: River of deceit – Mad season