Carolina

Siguiente entrega de la antología «Esto lo contamos entre todos», que surgió como una manera de dar voz al subconsciente de todos aquellos que, durante la cuarentena que comenzó el 15 de marzo de 2020, se prestaron a participar en este experimento.

El resultado de ese esfuerzo fue un compendio de cuarenta y cuatro variopintos relatos de diversos géneros —desde comedia o drama, hasta ciencia ficción, realismo mágico o terror—, que crecían y se imbricaban poco a poco, conectándose entre sí para formar un universo complejo y orgánico en torno a los conceptos de pandemia, cuarentena y encierro en sus sentidos más amplios, pero con la suficiente entidad propia como para ser intemporales.

Fiel a mis ganas de distorsionar la realidad, utilicé la premisa «Sentado en la cama miraba aterrado al oscuro pasillo donde se distinguía la silueta de un hombre encapuchado…», propuesta por @cc1979para escribir una historia de terror con un final realmente inesperado.

¿Te atreves a leerlo hasta el final?

Carolina

Sentado en la cama, miraba aterrado al oscuro pasillo donde se distinguía la silueta de un hombre encapuchado, cuyo contorno, grueso y amorfo, se mezclaba con las sombras, solo rotas por dos ojos penetrantes en una cara sin facciones.

El sudor le goteaba por la barbilla al ritmo de sus latidos. El corazón le iba a mil, pero no se atrevía a mover un solo músculo. Solo daba gracias a Dios por no haber encendido la luz cuando notó su presencia; al menos la oscuridad le servía de refugio.

Un crujido en el suelo tensó de golpe todo el cuerpo de Manuel. Casi podía notar la respiración asmática en su nuca.

Cerró los ojos y puso la mente en blanco, temiendo que aquel tipo adivinase sus pensamientos. Tenía que llegar a donde estaba su pequeña Carolina. No podía dejar que le hiciesen daño. Pero antes necesitaba coger su medicación del neceser. Aquello era primordial.

Tic. Tac. Tic. Tac.

El avanzar indolente del reloj de cuco del salón le perforaba los tímpanos. ¿Por qué no se había deshecho aún de aquel trasto? Otro crujido. Sus manos sudorosas casi podían agarrar los muelles del colchón a través del relleno barato.

Los segundos se hicieron eternos, susurrando las estrofas de la conocida canción como un mantra que alejase a aquella criatura sin rostro.

El diablo está en mi vida, pequeña Carolina.
Vete, por favor.

Cuando abrió los ojos, despacio y temeroso, el ente había desaparecido. La casa era grande y tenía mucho que explorar. Era su única oportunidad. Se levantó despacio, evitando hacer el menor ruido. Ni siquiera se atrevió a ponerse un pantalón.

Casi arrastrando los pies, se fue deslizando por el pasillo, ahora desierto. El roce de sus dedos en el papel pintado de la pared se le hizo insoportable. Separó la mano como si el propio ruido le quemase y escuchó atento. Solo el ruido del reloj.

Tic. Tac. Tic. Tac.

Por fin alcanzó el baño y se escurrió dentro. Con desesperación contenida, tanteó todas las estanterías en la oscuridad hasta que por fin encontró el neceser junto a lo que sus dedos intuyeron que era el peluche favorito de Carolina. Agarró ambos sin darse cuenta de que el neceser estaba abierto. Aquello sonó como Guernica.

Cuando se calmó el eco del desastre, aguzó el oído en la oscuridad, alerta. Un nuevo crujido en el pasillo. Mierda.

Casi no tuvo tiempo de pegarse a la pared tras recoger el frasco de las medicinas y el conejo de la suerte. Aquella odiosa respiración asmática estaba al otro lado de la puerta, separada de él por apenas cinco centímetros de tabique.

Tic. Tac. Tic. Tac.

El pomo comenzó a girar despacio. Manuel contuvo la respiración. Notaba la presencia amorfa dudando al otro lado de la puerta. La agonía duró una eternidad mientras se aferraba al frío tacto del conejo de peluche.

El diablo está en mi vida, pequeña Carolina.
Vete, por favor.

Solo se atrevió a soltar el aire cuando el pomo volvió a girar y escuchó que los pasos amortiguados se alejaban.

Su cabeza asomó tímida a través de una rendija. La casa estaba envuelta en una calma pesada y asfixiante.

Echó un rápido vistazo al dormitorio, justo a tiempo para ver cómo la sombra amorfa pasaba por delante de donde él mismo se había sentado, inmóvil, minutos atrás. A su paso le precedía algún tipo de neblina antinatural que provocó un escalofrío por toda la columna de Manuel.

A pesar de los temblores, se obligó a darle la espalda y bajar las escaleras muy despacio, inspirando en cada Tic. Evitando los escalones que crujían. Expirando en cada Tac.

Necesitaba agua para la medicina, así que hizo una rápida parada en la cocina. Un vaso, un fino hilo de agua para no hacer ruido, un temblor incontrolable en la muñeca. Ya casi estaba. Solo le quedaba cruzar el salón, abrir la puerta y bajar las últimas escaleras, para poner a salvo a su pequeña.

Cuando se giró, la cabeza ladeada del encapuchado le miraba con curiosidad desde la entrada.

El vaso de agua estaba hecho añicos en el suelo antes de darse cuenta de que se le había escurrido entre los dedos.

Un chirrido electrónico insoportable surgió entonces de la criatura envuelta en aquella neblina fétida.

Manuel, arrodillado por el dolor, se aferraba al frasco de pastillas como si le fuese la vida en ello, repitiendo una y otra vez su particular salmo.

El diablo está en mi vida, pequeña Carolina.
Vete, por favor.

La criatura avanzó un paso con las garras hacia él.

Presa de la desesperación, Manuel introdujo los dedos en las orejas del conejo y lo blandió delante de la criatura como última defensa. El chillido visceral que soltó el encapuchado fue tan sorprendente como reconfortante.

La criatura dio unos pasos tambaleantes hacia detrás y Manuel aprovechó para correr hacia el salón.

Ya casi podía sentir el pomo de la puerta. Se arrancó de un tirón la llave que llevaba colgando alrededor del cuello, pero justo antes de introducirla en la cerradura, una segunda criatura le embistió, haciendo que el frasco de pastillas y el conejo rodasen por el suelo con un estruendo metálico.

 

El golpe que recibió en la cabeza hubiese noqueado a cualquiera de inmediato, pero el miedo es el mejor analgésico que existe y Manuel aún tuvo tiempo de revolverse y tratar de alcanzar la puerta antes de que la criatura le atenazase el cuello.

Lo último que vio Manuel antes de perder la conciencia fue cómo la primera criatura se giraba sobre sí misma, sosteniendo en las garras su preciado frasco de pastillas y unas tijeras ensangrentadas.

 

—¿Estás bien?

El primer sanitario se miró el corte que había rasgado su traje aislante. La herida no parecía profunda, pero necesitaría un par de puntos.

—¿De dónde coño ha salido este? —preguntó el otro sanitario mientras luchaba por inmovilizar a Manuel, que no paraba de farfullar— ¡Se suponía que todo este cuadrante había sido evacuado, joder!

—¡Yo que coño sé! El cabrón por poco me apuñala cuando estaba desinfectando la cocina —dijo el otro, leyendo el frasco de pastillas.

«Haloperidol 10 mg».

—¿Te quieres estar quieto, hombre?

Con las últimas fuerzas que le quedaban, Manuel intentaba alcanzar la llave que descansaba junto a la puerta.

El primer sanitario se acercó a recogerla, lo que hizo que Manuel se revolviese de manera aún más violenta. El sanitario miró alternativamente a Manuel, sujeto por su compañero, la puerta, el frasco de pastillas y las tijeras en su mano.

Entonces, introdujo la llave en la cerradura y la giró. A su espalda, solo se escuchaban los balbuceos de Manuel, como una funesta serenata.

La dulce niña Carolina, no tiene edad para hacer el amor.
Su madre la estará buscando, eso es lo que creo yo…

Con una sombra de preocupación en la mirada, puso un pie en el primer escalón de una escalera que bajaba hacia un sótano lúgubre y oscuro.

Tic. Tac.

Tic. Tac.

Tic. Tac.

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

A partir de la premisa de @cc1979:
«Sentado en la cama miraba aterrado al oscuro pasillo donde se distinguía la silueta de un hombre encapuchado…».

«Esto lo contamos entre todos». © Todos los derechos reservados.

Banda Sonora Opcional: Carolina – M-Clan

Publicado por Fernando D. Umpiérrez

Guionista, escritor, superviviente y tan biólogo como médico el Gran Wyoming. Un soñador empedernido encerrado en el cuerpo de un pragmático redomado. Observador impasible de realidades alternativas. Ahora sobrevivo como guionista de fortuna. Si buscas alguna historia y no la encuentras, quizás puedas contratarme...