Hara

Llevaba toda su corta vida preparándose para aquello. Hara se entrenaba concienzudamente para la tarea para la que había nacido. Día tras día estiraba todos los músculos, tomaba un breve desayuno, un poco de agua y salía a correr.

Obedecía todas las órdenes de su preparador físico con precisión milimétrica y marcial. Se sentaba, se tendía, buscaba y encontraba lo que fuese al instante. Era capaz de hacerse la muerta con una veracidad que asustaba y dar caza a aquel tipo acolchado, su enemigo natural, se le daba de maravilla. Era una perra policía digna de elogio.

Aquel último ejercicio en particular le resultaba especialmente gratificante. Prácticamente todos los días la llevaban al campo de caza — como le gustaba llamarlo —, y aquel pobre infeliz mórbido salía corriendo, con la esperanza de que fuese el día en el que pudiese escapar de su perseguidora. Pero nunca era aquel día. En el momento adecuado, su entrenador le otorgaba la libertad y con la velocidad de un instante, salía disparada hacia su ansiada presa, acorralándola, jugando con ella hasta cansarla, para luego caer sobre su objetivo implacablemente. Uno más para su cuenta personal, engrosada de manera inexorable. Había luchado para ser la mejor y lo había conseguido con tesón y perseverancia.

[pullquote]Durante años dio caza a esos pobres peleles mullidos hasta casi adivinar sus pensamientos y adelantarse a sus movimientos y por fin la suerte le había sonreído.[/pullquote]

Durante años dio caza a esos pobres peleles mullidos hasta casi adivinar sus pensamientos y adelantarse a sus movimientos y por fin la suerte le había sonreído. Hoy la trasladaban a un nuevo destino, un trabajo nocturno. Un trabajo de verdad.

Al comenzar su ronda se sentía eufórica y alerta a cada movimiento, teniéndolo todo controlado al detalle. La noche fue perfecta y sin contratiempos. Nadie tuvo la osadía de cruzar su territorio.

Sin embargo, a la mañana  siguiente su jefe de operaciones apareció a primera hora hecho una furia, increpándola mientras hablaba con otros supervisores y señalaba a un vídeo de seguridad donde un chico vestido de negro salía del almacén portando algunos objetos.

Aun sabiendo que sus ladridos no serían escuchados, su orgullo de casta le impidió quedarse callada y comenzó a gritar a aquel supervisor incompetente que parecía recién salido de la academia.

¿Acaso aquel imbécil era incapaz de distinguir entre un ser humano normal e inofensivo, y la terrible bestia acolchada para cuya caza se había entrenado?
El novato tendría que dar muchas explicaciones. Casi sentía lástima por él.

 

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

 

Banda Sonora Opcional: Old Shep – Elvis Presley

Publicado por Fernando D. Umpiérrez

Guionista, escritor, superviviente y tan biólogo como médico el Gran Wyoming. Un soñador empedernido encerrado en el cuerpo de un pragmático redomado. Observador impasible de realidades alternativas. Ahora sobrevivo como guionista de fortuna. Si buscas alguna historia y no la encuentras, quizás puedas contratarme...