Recuerda que es altamente recomendable acompañar la lectura con la Banda Sonora Opcional que aparece al final de cada relato.

   

Fundido a negro

Frontal de un viejo cine para ilustrar el relato Fundido a negro

Puedes ver la imagen original en la cuenta de Flickr de Paloma A. Rojas.

 

Las luces se atenúan y el blanco de la pantalla contrasta aún más con la penumbra de la sala. Está a punto de comenzar la proyección y ese vacío previo borra de un plumazo mis preocupaciones cotidianas. Este es uno de los pocos lujos que puedo permitirme, pero cada céntimo invertido merece la pena. He tenido una semana de mierda y el pequeño santuario con olor a palomitas siempre me pone de buen humor.

Unos breves avances de los próximos estrenos. El canto de sirena de los adictos que huyen de la rehabilitación. Y luego, unos no tan breves comerciales que siempre ponen a prueba mi paciencia. En el fondo no me importa, pero estoy solo y tengo la suficiente confianza como para calentarme la cabeza con mis propias quejas.

La oscuridad termina de envolverme y contengo la respiración. Expectante. Con los ojos de un pequeño infante y el corazón de un colibrí. Los créditos aparecen por fin en aquel rectángulo de sueños, y el mundo a mi alrededor desaparece. Solo existimos nosotros. La historia y yo. Yo y mis emociones desatadas.

Poco a poco se presentan los personajes. Rezo en silencio para que la personalidad de la protagonista esté bien construida. Profunda y compleja. Y ahí está, fiel a los elogios de los que me empapé en los días previos. No exageraban un ápice. No decepcionan. El argumento evoluciona en un tempo casi perfecto.

Entonces sucede lo impensable. Un cortocircuito que me catapulta fuera de la historia de manera absolutamente inesperada. Crujidos plásticos crepitan a mi espalda quebrantando mi paciencia. Trato de ignorar las distracciones y adentrarme de nuevo en la trama de la historia. Recuperar el hilo perdido en la madeja. Y de nuevo los quejidos de esos crápulas ratones reventando cien crisálidas cargadas de estrepitosas chucherías. El ruido se clava en mi mente como crampones en un gélido glacial.

La oscuridad termina de envolverme y contengo la respiración. Expectante. Con los ojos de un pequeño infante y el corazón de un colibrí.

Carraspeo varias veces y trato de mantener la serenidad, centrando toda mi atención en la pantalla. ¿En qué momento descifró la protagonista aquel lenguaje extraterrestre? ¡Maldita sea! Bueno, será mejor no distraerse.

Una frase magistral y el esperado giro inesperado. Ese subidón de ingravidez en la boca del estómago cuando una historia está bien construida. Vuelvo a recuperar la conexión especial que solo el séptimo arte es capaz de ofrecer.

Y entonces llegan las serpientes sibilantes. Sus siseos se suceden sobre mí, situados donde mismo se cebaron, instantes antes, con aquellos sacos de ensordecedores suministros. Parece que comer tuercas a dos carrillos no es impedimento para susurrar una sílaba tras otra sin la más mínima consideración y apenas signo de sensatez. Se intuyen entre dientes los vacíos comentarios desde los asientos de detrás. Yo suelto un shhhh sin resultado, mientras el ruido creciente de disparos mitiga momentáneamente la ira que mastica mis entrañas.

Pero es insuficiente. La conexión se ha perdido para siempre. Ya no sé qué pretende aquella científica de pasado atribulado y ojos penetrantes. La jungla que me rodea despierta mis peores instintos y bloquea mis sentidos como una granada que ha estallado demasiado cerca del oído.

Derrotado, recojo mis cosas y me dispongo a dar la batalla por perdida, anotando mentalmente que jamás regrese a aquel templo en la homilía vespertina. Me levanto en el único momento en el que prestan atención las glotonas alimañas, pues me increpan para que me siente, detonando el último pilar de mi estoico conformismo. Pocos de los niños que me rodean han escuchado alguna vez la retahíla de improperios que sale de mi boca, mientras me elevo sobre los respaldos con apenas un hilo de cordura, arrancando bolsas, refrescos y palomitas con la vehemencia de Atila marchando sobre la Galia.

Una frase magistral y el esperado giro inesperado. Ese subidón de ingravidez en la boca del estómago cuando una historia está bien construida. Vuelvo a recuperar la conexión especial que solo el séptimo arte es capaz de ofrecer.

Los haces de luz a mi espalda demuestran que, como en todas las películas, la patrulla policial llega siempre en el momento menos oportuno. Unas manos me sujetan y me invitan a abandonar la sala entre miradas de reproche de quienes eran ajenos a la escena y las de vergüenza de quienes han sido incapaces de reaccionar ante semejante falta de decoro.

A la luz de los halógenos maldigo mi mala fortuna con indignación, mientras un imberbe acomodador me indica la salida.

—Mala hora para disfrutar de una película, ¿eh? —se escucha desde el angosto interior de la taquilla.

—Odio las primeras sesiones de la tarde —es mi única respuesta.

Una musa de melena pelirroja y mirada inteligente asoma por la pequeña ventanilla del antiguo cine, convirtiendo en balbuceos cualquier tipo de elocuencia.

—Sabes que las de la mañana son aún peores, ¿verdad? Espero que al menos fuese buena.

—Yo,…emm,…sí. Estaba siendo impresionante hasta que la sala se convirtió en un banquete de monos aulladores —consigo articular tras un momento—. Hay gente a la que deberían pedir licencia para entrar en ciertos sitios.

—Pues yo aún no la he visto, y me vendría bien alguien que sepa apreciar el buen cine para variar —dice ella con una sonrisa hipnótica— ¿Qué te parecería disfrutar de una sala para nosotros solos? Hoy me toca cerrar a mí y el proyeccionista me debe un favor.

—¿Acaso sale el sol por la mañana?

—Un poco manida esa respuesta, ¿no crees?

—Sí, lo siento —respondo sonrojado—, pero pensé que estas cosas solo pasaban en las pelis y me he dejado llevar.

—Nadie es perfecto—dice riendo, mientras se acomoda un mechón rebelde—. Pasa por aquí sobre las doce. Y no llegues tarde.

—Un mago nunca llega tarde…

—Te estás pasando.

—Perdón.

Con un guiño desaparece tras la estrecha ventanilla. Yo me doy la vuelta, aún anonadado por este sorprendente nudo de la trama. Puede que por una vez en la vida, la suerte empiece a sonreírme y este sea el comienzo de una bonita amistad. Está claro que nunca hay que dar una historia por concluida antes del último fundido a negro.

 

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

 

Banda Sonora Opcional: Exit Music (For a Film) – Radiohead