La vieja casa de Jack

Jack lleva décadas intentando vender aquella vieja casa, aunque hace eones que no llaman a la puerta. Ni un catálogo del LIDL entra por la rendija del correo. Los testigos de Jehová pasan de largo por pura intuición, mirando de reojo esa fachada gris y triste, comida por la hiedra.

A todos los efectos da la impresión de una segunda residencia, solo que a Jack es lo único que le queda.

Resulta difícil recordar la última vez que alguien se preocupó en mirar por encima del seto recortado y sintió curiosidad por saber lo que había más allá; lo que escondía el intrincado desván cargado de misterio, aunque solo fuesen polvo y juguetes oxidados.

Lo cierto es que el frío asciende por sus cimientos, tan poco profundos, que se quiebran ante el mínimo temblor. Tan poco enraizados que toda la estructura parece mecerse solo con mirarla, como una casa flotante en un río caudaloso.

Jack anhela que el agente inmobiliario llegue un día diciéndole que ha encontrado a la persona adecuada, porque una casa vacía está condenada a derrumbarse. Pero nadie quiere habitar la casa de Jack, nadie quiere guardar sus secretos en el sótano.

Hay que reconocer que las conexiones siempre fueron un problema; tantos contratistas para dejar la instalación hecha unos zorros. Nadie está seguro de qué le pasa al cableado, pero algo tiene que andar mal cuando la mitad de los interruptores no funcionan y las bombillas solo arrojan luz a medias. A lo mejor no tienen el voltaje adecuado para estas latitudes, o a lo mejor la luz que dan queda fuera del espectro de la mayoría de los ojos. Pero, ¿qué sentido tiene una luz invisible, por muy bonita que sea? Desde fuera solo se distinguiría oscuridad, de todas formas.

Tal vez lo único que sirva para algo sea el aislamiento en las paredes. Una insonorización perfecta que ahoga cualquier ruido que pueda perturbar al vecindario.

Como todas las casas de la calle, las ventanas y la puerta principal forman un amago de sonrisa que invita a entrar con desespero, aunque es casi imposible conseguir que se suban las persianas.

La cocina está impregnada de cientos de comidas diferentes y café recién molido, y las estanterías del salón guardan tantos libros, que sus estantes han terminado por combarse con el peso de los años. Cientos de historias que ya nadie se interesa en leer, ignoradas tanto tiempo, que es imposible estar seguro de si son obras maestras o páginas en blanco.

Pero de nada sirve todo esto si la cola que sujeta el papel de las paredes se deshace, viscoso y palpitante, amontonándose en el suelo como el ectoplasma de una aparición.

Una aparición. A veces Jack fantasea con que hubiese un fantasma en aquella vieja casa. Sabe que hoy en día eso atrae a posibles compradores, aunque sea solo por el morbo de pasar allí la noche. Tal es la desesperación de Jack porque alguien se la compre. O al menos se la alquile por algo más que un par de años.

Con todo, el principal problema de la casa no es el horrible color de su fachada, ni la inestabilidad de sus cimientos, o las tejas rotas que producen mil goteras. Ni si quiera puede echarle la culpa a la pobre estrategia de ventas de la agencia inmobiliaria. El peor problema es que el propio Jack lleva demasiado tiempo encerrado en esa casa. Aquella construcción es lo único que tiene, y, aunque haya terminado por ver solo sus taras y defectos, sigue teniéndole cariño. Por eso es incapaz de firmar ningún contrato con quien no le inspire confianza.

Muchos han intentado comprarla con promesas de una gran remodelación, pero Jack teme que con ello pierda su historia y sus recuerdos; todo aquello que la convierte en un hogar, aunque en lugar de dulce sea amargo. Luego están los que no hacen más que visitarla solo por pasar el rato, hablando sin parar sobre materiales y acabados, simplemente por demostrar todo lo que saben de construcción.

También hay quien se pasea por delante de vez en cuando, aunque en el fondo no tenga ninguna intención de meterse en la complicación de una mudanza. Este tipo curiosea el jardín por mero aburrimiento, para luego reafirmarse en la firme convicción de que como en casa en ningún sitio.

De noche Jack sueña que la obra de su vida se desgasta poco a poco, año a año, sin que nadie ponga masilla en las paredes agrietadas, sin que unas manos delicadas cubran la sombra de cuadros ya olvidados. Porque una casa sin cuidados se convierte en un cascarón vacío. Ese es el peor temor de Jack; que un día amanezca y lo único que quede sea un fantasma del pasado con la puerta desquiciada, cuyo único futuro sea convertirse en el refugio de vagabundos amargados. Un gran montículo de cadáveres con forma de recuerdos, donde solo crezca un musgo color verdesesperanza.

Por eso cada tarde Jack se sienta en su porche con una bandeja de galletas en el regazo, viendo pasear a los transeúntes por la calle, con ávidos ojos cargados de nostalgia. Anhelando que alguno se fije en su tesoro, que abra la cancela y pasee por el camino de baldosas, estudiando el jardín con aire soñador.

Seguramente aquel curioso peatón imagine todo un universo de posibilidades. Si es un poco habilidoso, verá más allá de paredes desconchadas y plantas creciendo en canalones herrumbrosos. Intuirá su verdadero potencial y notará el calor de su caldera. Puede que incluso haga planes para el auténtico edén que la rodea, aunque este necesite un poco de cariño.

Sin embargo, cuando suba la escalera de la entrada, solo encontrará una bandeja de galletas recién hechas sobre una silla vacía, una puerta cerrada a cal y canto, y nadie a quien preguntar por el dueño.

Por eso Jack lleva décadas intentando vender aquella vieja casa. Porque en el fondo no se atreve ni a enseñarla.

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

Banda Sonora Opcional: Crush – Cigarettes after sex