Recuerda que es altamente recomendable acompañar la lectura con la Banda Sonora Opcional que aparece al final de cada relato.

   

Paradójica actitud

Banco en el parque para ilustrar el relato Paradójica actitud

Puedes ver la imagen original de portada en el perfil de Flickr de José M. Vazquez
(A quien le agradezco profundamente su participación).

 

ALFA

Andrea se sentaba cada día a tomar su pieza de fruta en un banco cercano a la facultad. Necesitaba esta rutina para mantenerse serena el resto del día. No importaba qué fruta fuese, siempre que fuese fruta, en ese banco y sin compañía; formaba parte de ella y por algún absurdo motivo le hacía sentirse especial. Aquel era su rincón oculto y personal. Daba igual si hacía frío o calor, si había tenido un día pésimo o si se habían vuelto a reír de ella. Era su momento y nada podría estropearlo.

Un día, dirigiéndose ansiosa a su edén entre el asfalto, observó una figura lejana que fue tomando forma mientras se acercaba. Parecía un muchacho y… ¡Oh Dios mío, estaba sentado justo en su banco! No podía ser, aquel banco estaba en la parte trasera de la facultad, raído por los años y la falta de uso; nadie lo usaba excepto ella.

— ¡Hola! — Saludó sonriendo el jovial muchacho — ¿Puedo ayudarte en algo?

— Verás, todos los días vengo a sentarme en este banco a tomar el almuerzo y me gusta estar sola.

— Lo sé, te he visto alguna vez. De hecho me picó la curiosidad y probé cómo se estaba aquí sentado. Ciertamente no es muy cómodo y las astillas se te clavan en la espalda.

— Bueno, eso es lo de menos. La cuestión es que me gusta el sitio y preferiría tener un almuerzo tranquilo — respondió Andrea perdiendo un poco la compostura.

— ¡Genial, yo también! – Dijo el joven sacando su fiambrera – por cierto, bonita camiseta ¿Te la has hecho tú?

— ¿Qué? Ah sí, me la he hecho yo; el caso es que este es mi sitio, suelo venir todos los días y me gusta estar sola.

— ¿Por qué? Pareces una chica simpática.

— Pues no sé en qué te lo parece – espetó Andrea a punto de estallar –, simplemente me gusta estar a solas. Es el único momento donde el resto del mundo no me incordia, donde si la gente no se fija en mí es porque yo quiero y donde sé que no se van a reír de mi forma de pensar porque sólo estaré yo, escuchándome.

Aquel era su rincón oculto y personal. Daba igual si hacía frío o calor, si había tenido un día pésimo o si se habían vuelto a reír de ella. Era su momento y nada podría estropearlo.

— Hmm, entiendo. ¿Y solo consigues todo eso en este preciso banco? Por aquí suele pasar mucha gente hacia los aparcamientos, así que pasarás de todo menos desapercibida. Yo, por ejemplo me he fijado en ti, sin ir más lejos – dijo el muchacho, mientras comenzaba a comer distraído.

— Mira tío, si quieres sentarte en el puñetero banco allá tú, pero te darás cuenta de que suelo ser muy pesada cuando se me conoce un poco y, además, este sitio es un asco; hay demasiado viento, el banco es viejo y la gente te mira raro porque no te comprende.

— Vaya, sí que es incómodo — dijo el chico, como si se fijase por primera vez — ¿Y por qué te sientas aquí día tras día?

Andrea, entonces, agachó la cabeza dándose por vencida, asumiendo que aquel extraño chico no la dejaría en paz tan fácilmente.

— No lo sé — dijo resignada —. Tal vez me guste estar aquí porque sé que la gente me mira e intuyo sus pensamientos. Por lo menos aquí no se detienen demasiado. Tal vez me gusta que hablen de mí, porque necesito tener un motivo para pensar mal de sus intenciones y sentirme mejor conmigo misma.  ¿Estás contento?

— Bueno, yo sólo quería comer acompañado — dijo el muchacho mirándola fijamente a los ojos y esbozando una sonrisa — ¿Te apetece sentarte?

 

OMEGA

Ella lo miraba de manera esquiva sin saber muy bien qué había cambiado, mientras él, ajeno conscientemente del universo que le rodeaba, sólo pensaba en dejarse llevar por la fina brisa que mecía sus cabellos.

— ¿Por qué te empeñas en complicar tu vida? — Se preguntó casi a sí misma, casi como un reproche.

Tal vez me gusta que hablen de mí, porque necesito tener un motivo para pensar mal de sus intenciones y sentirme mejor conmigo misma.

— Porque todos somos complicados — respondió él, resignándose a asumir su capacidad por intuir los pensamientos del mundo —. Sin esa complicación, la vida se convertiría en un plano blanco, vacío y deprimente. Por eso me gustan tanto las montañas, porque tienen desniveles que debes salvar. Y porque, por mucho esfuerzo que suponga alcanzar la cima, las vistas desde lo alto son cojonudas. Tú, querida amiga, eres como una pequeña soga de fina seda que siempre albergará un complicado Nudo Gordiano en su sino. No obstante, algún día conseguirás desenlazarlo y podrás ayudar a muchos a escalar infinidad de montañas, llegando tú misma a la cima para contemplar el precioso atardecer tan deseado.

Ella lo miró sorprendida, sin saber qué decir y dos finas lágrimas resbalaron por sus mejillas sonrosadas. Ambos se levantaron del viejo banco en cuyas astilladas tablas habían pasado aquella calurosa tarde, sin apenas mirarse y se dieron un abrazo eterno y largo tiempo demorado.

 

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

 

Banda Sonora Opcional: Allí donde solíamos gritar – Love of Lesbian