El insomnio de los soñadores

Una nueva entrega, y otro de los relatos que constituyen la antología «Esto lo contamos entre todos», que escribí al comienzo de la pandemia.

Como ya comenté en el anterior relato que compartí, actualmente estoy buscando una editorial interesada en este proyecto, que contará, además, con las maravillosas ilustraciones de Raúl Díez a modo de separadores.

En esta ocasión, la premisa fue propuesta por el director de cine y amigo Hugo Martínez Fraile —la podrás leer al final del relato— y el tono es más introspectivo, casi a modo de reflexión. Espero que os guste.

Así que ya sabéis, si conocéis alguna editorial a la que poder presentar el proyecto, podéis escribirme por privado.

¡Infinitas gracias!

El insomnio de los soñadores

Sus ojos se abren de repente, enmarcados por el halo violáceo que se ha instalado a su alrededor y agitados por la respiración entrecortada. 

Los fragmentos nebulosos del último sueño aún flotan en su mente, así que coge una pequeña libreta de la mesilla y comienza a escribirlo antes de que se le olvide. Recuerda que flotaba en el espacio y algo parecido a un abordaje extraterrestre, pero más… Orgánico. 

Tiene la cabeza embotada y apenas le salen las palabras, así que desiste y se vuelve a recostar.

Podría justificar su insomnio con el confinamiento y las preocupaciones derivadas, pero lo cierto es que nunca ha dormido bien del todo. La única diferencia es que ahora está soñando mucho más.

Los sueños cuentan la historia que nuestra mente nos niega cuando estamos lúcidos. Un mensaje que muchas veces somos incapaces de descifrar, pero que se mantiene enquistado en la memoria, esperando a nuestra particular Piedra Rosetta. En su caso, además, los sueños alimentaban su trabajo. 

Cientos de óleos y acuarelas plagan las paredes, observándole en la oscuridad y aumentando en número cada día desde que empezase todo aquello. Apenas descansa, y las pocas horas que duerme, lo hace en compañía de imágenes perturbadoras que plasma luego sobre el lienzo.

Siempre le había resultado paradójico que la falta de sueños fuese una de las principales causas del insomnio, pero aquel no era su caso. Desde pequeño tuvo claro a qué quería dedicar su vida, aunque tardó más de la cuenta en echarle el coraje necesario para ponerse manos a la obra. Y es precisamente su objetivo el que le tiene durmiendo poco por las noches. Bueno, siendo justos, habría que decir que son dos las causas principales.

Primero piensa en su oficio, aquel al que ha consolidado su vida entera y que le tiene completamente obsesionado. El mundo se había detenido de repente y el escenario posapocalíptico de cada uno iba a ser muy diferente. ¿Quién iba a querer abarrotar las salas para ver sus imágenes estáticas cuando la vida se pusiese otra vez en movimiento?

El arte, la cultura y el entretenimiento habían sido los primeros en pararse y serían los últimos en volver a reactivarse, a pesar de ser un pilar fundamental para mantener apuntalada la cordura de la gente. Adorada cuando no quedaba más remedio; olvidada cuando se pudiese volver a ver la luz. 

Otro tipo de consumismo le tomaría el relevo, y las grandes corporaciones y gobiernos ya estaban haciendo los deberes. Un retorno con calzador al añorado status quo. Bombardeo incesante de imágenes retocadas sobre lo bien que se vivía antes del desastre. «¿Cómo puedes pensar que la naturaleza iba a recuperar lo que era suyo? Eso estaba muy bien para llenar los telediarios de simpáticas anécdotas, pero ahora lo que importaba era reactivar la economía». Cero reflexión, vuelta a los orígenes, aquí la paz que yo te diga, para volver a estar en mi gloria.

Se incorpora pensando en todo eso, mientras los dígitos del despertador avanzan sin descanso. Ya no sabe si es temprano o demasiado tarde.

Bebe un sorbo de agua y niega con la cabeza. No se puede dejar arrastrar por esas oscuras reflexiones. En el fondo es un romántico y quiere creer que la sociedad sacará algo en claro de todo esto. ¿Y si en realidad fuese el inicio de un Nuevo Renacimiento? Se ríe a solas en la oscuridad ante su propio chiste. Parece que conservará otro día más su carnet de bohemio empedernido.

Pero entonces piensa en la segunda causa, en Ella, y la sonrisa se transforma en añoranza. 

La red y las noticias contaban múltiples historias de personas teniendo que pasar la cuarentena con sus ex por avatares del destino, con sus suegros en una casa diminuta o con un amor ya consumido que no podía abandonar, aunque se morían por hacerlo. También se escuchaban terribles historias de maltratos, de auténticas cárceles domésticas para mujeres «invisibles» que atravesaban un horror casi diario. Solo pensarlo hizo que se le tensase la mandíbula.

En el otro extremo estaban los amores a distancia, las cuarentenas rotas de manera clandestina en busca de un abrazo con nocturnidad y alevosía. Relaciones deseadas que podían desdibujarse, porque la mala suerte había decidido que el aislamiento les tocase en casas separadas.

Y luego estaba él, transitando sus días en el limbo de los desterrados, pensando en la remota posibilidad de la ignorancia. En la muralla de hielo y hormigón a cuya puerta había tocado con la timidez del inseguro, sintiendo el fuego que se intuía al otro lado. En la maldición de la prudencia y del miedo a la crónica de un rechazo anunciado.

Su propio instinto de supervivencia le gritaba que mantuviese el aislamiento, pero no el físico, sino aquel emocional al que ya se había acostumbrado. Y, sin embargo, bastaba un recuerdo compartido, un chiste inapropiado o un par de líneas de texto para tumbar abajo todas sus defensas.

Eran tribulaciones que se filtraban en sus sueños con forma de felinos parlanchines, de criaturas de otro mundo y futuros psicodélicos. Combustible de su locura y de su creatividad, sí, ¿pero merecía la pena el precio?

A veces, la tentación de vender a todas sus musas era demasiado poderosa. Por la mera promesa de aquella conversación pendiente, sin montañas altas, valles profundos y ríos anchos como océanos que les mantenían alejados. Sin el distanciamiento social poniendo trabas. Soñando con que entre sus cuerpos no hubiese ninguna distancia en absoluto. 

Con aquellos sentimientos estancados en la punta de los dedos, se envuelve en su enésima crisálida. Dispuesto, una vez más, a dejarse abrazar por su subconsciente adormecido, en el único universo donde puede ser él mismo.

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

Este relato corto forma parte de la Antología registrada Esto lo contamos entre todos – (c) – Fernando D. Umpiérrez

A partir de la premisa de @hugomartinez.f:
«Sueños».

Banda Sonora Opcional: Taro – Alt-J

Publicado por Fernando D. Umpiérrez

Guionista, escritor, superviviente y tan biólogo como médico el Gran Wyoming. Un soñador empedernido encerrado en el cuerpo de un pragmático redomado. Observador impasible de realidades alternativas. Ahora sobrevivo como guionista de fortuna. Si buscas alguna historia y no la encuentras, quizás puedas contratarme...