Corazón de algodoncillo

 

Sara era la niña más buena del pequeño pueblo de Villa Jabugo. Era tan, tan buena, que tenía un corazón que no le cabía en el pecho y por eso lo llevaba a todas partes en su pequeña carretilla.

Era un corazón de algodoncillo de azúcar, al que todas las noches le ponía una mantita para que no pasase frío y, cuando llovía, lo cubría con un bonito impermeable con girasoles dibujados. En los días soleados, Sara saltaba corriendo de la cama para hacer sus tareas diarias antes de ir a la escuela, y por la tarde jugaba con sus amigos después de terminar los deberes. No podía ser una niña más feliz.

A medida que crecía, el corazón de Sara iba haciéndose más grande al ritmo de su alegría, hasta el punto de que cada vez se le hacía más difícil arrastrar la pesada carretilla. Las cuestas le parecían más empinadas y tardaba una eternidad en recorrer la escasa distancia entre su casa y la escuela.

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En la piel del aimsir (fábula climática)

 
Cuenta una antigua fábula que, hace mucho tiempo, existía una aldea situada entre montañas, grutas y bosques antiguos, cuyos habitantes vivían en armonioso equilibrio. Durante años, coexistieron con unas extrañas criaturas que poblaban las profundas cuevas de los acantilados sobre los que se asentaba su poblado. Eran muy difíciles de ver por su carácter huidizo, pero a lo largo de generaciones habían dejado patente su presencia y el enorme beneficio que ofrecían a los aldeanos.

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Cría cuervos

 

Chester McCorax inspeccionó aquella cáscara de pipa con ceñudo interés, pese a que la miga de pan abandonada, de aspecto mohoso, también le llamaba poderosamente la atención. Finalmente se decidió por la miga, atacándola ávidamente con su pico oscuro y semicurvo.

Tal vez por aquellos fríos lares la vida de los cuervos no tuviese el considerado glamour de las águilas reales ni la afamada sabiduría de los búhos, pero era una vida sencilla y respetable. Chester apreciaba esas cualidades por encima de la mala fama de resentido, agorero y desagradecido. Una losa asociada a sus congéneres desde el principio de los tiempos, y que algún escritorcillo con ínfulas de poeta se había encargado de cincelar para la historia en letras de mármol. Al menos podía congratularse de no haber nacido paloma. Malditas ratas del aire.

Pese a ello, no podía evitar mirar con mal disimulada envidia a los cisnes que se pavoneaban por aquella antigua ciudad de la vieja Europa. Con su elegancia acaparaban todas las migajas de los visitantes, no solo en verano cuando podían desplegar sus encantos, sino también en invierno, una época festiva y gélida cuya melancolía le venía a Chester como anillo al dedo. Por eso no perdía ocasión de poner a prueba la escasa paciencia de los anátidos tirándoles de la cola y arrancándoles, en un despiste, alguna que otra pluma.

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El encuentro

 

Esta semana les traigo un nuevo integrante de la familia de Inspiraciones mutuas, que se va haciendo grande poco a poco gracias a la colaboración de fantásticos artistas como Fernando Leal, quien a través de sus fotografías hizo posible este relato inédito.

La mayoría de los trabajos de este brillante fotógrafo —y en esta ocasión no iba a ser diferente— fusionan naturaleza y humanidad, mostrándonos escenas quizás cotidianas para sus protagonistas, pero que se transforman en extraordinarias cuando atraviesan su objetivo. Porque entre sus manos, la cámara se convierte en un extractor quirúrgico de emociones, que con la precisión de un cirujano, nos recuerda que, pese a lo que pueda parecer, aún podemos tener esperanzas en la especie humana.

Cabe destacar que Fernando Leal ganó la edición de 2015 del concurso Tu mejor foto (convocado por la revista Magazine del periódico La Vanguardia) gracias a esta otra imagen, considerada, además, como una de la favoritas de los editores de National Geographic en su concurso de fotografía de 2016.

Si quieren conocer mejor a este artista, les animo a seguirle la pista en su nueva y flamante cuenta de Facebook y también en Instagram.

Mientras tanto, espero que disfruten de este relato, que lo comenten y, si les gusta, lo difundan por la red.

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La visitante nocturna

 

Abro los ojos y allí está, quieta, oscura y paciente, con sus enormes patas y su rechoncho cuerpo segmentado. Me observa parsimoniosa desde una pequeña imperfección en la pared, entre dos ladrillos que ha reclamado como propios. Apenas se mueve, como si en realidad no estuviese allí, a la espera de un mosquito despistado o de una mosca que vuele demasiado cerca.

Podría cerrar los ojos y regresar a mi plácido sueño pero soy incapaz; esa mirada octuplicada me hipnotiza, observándolo todo desde su atalaya con la intensidad de ojos sin párpados y la mirada fija en cuanto le rodea.

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Tilikum

 

El sonido amortiguado al otro lado de barreras invisibles era una de las múltiples torturas a las que me sometían. Ya había perdido la cuenta del tiempo transcurrido desde que aquellos demonios de metal nos emboscaron y nos privaron de la libertad ganada por derecho. Pocos habían sobrevivido al ataque. Clanes enteros desmembrados y esquilmados sin contemplaciones. Tratados como mercancía.

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Consciencia

 

Caminaba, como siempre, sumido en mis pensamientos, haciendo balance de lo pasado y lo porvenir. Siempre diseñando planes, como si lo improvisado fuese un sentimiento pecaminoso capaz de hacerme caer en el más profundo de los abismos. De repente, un pequeño ratón se cruzó en mi camino y me miró a los ojos con aire temeroso, pero con cierto brillo de curiosidad.

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Hara

 

Llevaba toda su corta vida preparándose para aquello. Hara se entrenaba concienzudamente para la tarea para la que había nacido. Día tras día estiraba todos los músculos, tomaba un breve desayuno, un poco de agua y salía a correr.

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Oruga

 

Estaba abatido en aquellos escalones cuando apareciste, con tu enorme sonrisa y un pastel de chocolate en la mano, dispuesta a sentarte justo encima de mí. Casi me aplastas, pero te percataste de mi existencia cuando ya había desistido de entender a la raza humana. Estaba anonadado con aquella mirada curiosa y penetrante que me observaba desde las alturas. Era difícil aceptar mi condición de oruga cuando, normalmente, nadie quería cruzarse con una.

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