Singularidad. Segunda parte. (2/2)

Escaparate de una librería oscuro y lleno de rasguños

Puedes ver la imagen original en la cuenta de Flickr de Álvaro Ibáñez.

 

Lo prometido es deuda. Aquí les dejo el desenlace del relato Singularidad. Si ya leíste de la primera parte, te animo a descubrir el sorprendente final. Si no, ¿A qué estás esperando? (No digas que no te lo advertí)

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Singularidad. Primera parte. (1/2)

Escaparate de una librería

Puedes ver la imagen original en la cuenta de Flickr de Álvaro Ibáñez.

 

Abrí la puerta de la vieja librería, y el sonido de la campanilla me transportó inmediatamente a tiempos tan antiguos como mis recuerdos. Había pasado una vida desde la última vez que crucé el umbral entre la realidad y la fantasía; entre la apatía de una adolescencia tímida y aislada, y la valentía de enfrentarme —aunque fuese como mero espectador— a infinitas aventuras, dramas y misterios.

Cuando el incisivo tañido de aquella guardiana de historias se fue apagando, todo quedó en silencio, como si cualquier sonido quedase amortiguado por el peso del polvo y la memoria. Mis dedos, surcados por los aperos del tiempo, recorrieron el lomo de los cuerpos acostados, leyendo con esfuerzo los nombres de mis antiguos compañeros de batalla. Hacía demasiado tiempo que mis yemas no sentían el agradable tacto del cartón, el cuero y el papel. Sin embargo, recordaba perfectamente las horas que pasé sentado en aquellos pasillos estrechos, descubriendo con asombro los retos a los que debían enfrentarse Ulises, Ahab y compañía.

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Sábanas vacías

Una solitaria mano sobre las sábanas, con un pequeño corazón tatuado.

Puedes ver la imagen original en la cuenta de Flickr de Ellie Tre.

 

Quiero que seas todos mis minutos y contar los segundos con caricias. Amanecer levantando el telón de tu sonrisa y que los días terminen con el ocaso de tus párpados.

Quiero recorrer todos los caminos de tu cuerpo y que sean tus gemidos los que me sirvan de guía.

Quiero construir un búnker de sabanas, sudor y mejillas sonrosadas.

Quiero descubrirte, conocerte. Que hagas de la realidad una aventura y que cambies el curso de mi historia.

Quiero alimentarme de tu aliento y pasar la eternidad contando los lunares de tu espalda.

Quiero todo esto desde una cama vacía. Todo lo que quiero es encontrarte.

 

Un microrrelato de Fernando D. Umpiérrez

 

Banda Sonora Opcional: Unintended – Muse

 

Fundido a negro

Frontal de un viejo cine para ilustrar el relato Fundido a negro

Puedes ver la imagen original en la cuenta de Flickr de Paloma A. Rojas.

 

Las luces se atenúan y el blanco de la pantalla contrasta aún más con la penumbra de la sala. Está a punto de comenzar la proyección y ese vacío previo borra de un plumazo mis preocupaciones cotidianas. Este es uno de los pocos lujos que puedo permitirme, pero cada céntimo invertido merece la pena. He tenido una semana de mierda y el pequeño santuario con olor a palomitas siempre me pone de buen humor.

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El final de mi búsqueda

Una sencilla piedra blanca que destaque sobre el resto puede ser el mayor tesoro de tu búsqueda.

Puedes ver la imagen original en la cuenta de Flickr de Tangolimon.

 

Los años perforaban mi consciencia como lentas y dolorosas lanzas redentoras, sin poder siquiera vislumbrar el horizonte final de mi pesquisa. Cada gruta que exploraba, cada horror que superaba a costa de mi cordura, me otorgaba tesoros deslumbrantes. Sin embargo, esas alhajas no eran más que máscaras vacías que nublaban mis sentidos y terminaban por traerme más desdichas que fortuna.

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La perdición de Pandora (Tentación)

Mujer tumbada con una caja sobre su estómago, para ilustrar el relato Tentación

Puedes ver la imagen original en la cuenta de Flickr de Rodolfo Edelmann.

 

Cuando entré en la habitación, todo el dolor que embargaba mi cuerpo desapareció instantáneamente, al ver el contraste de tu cobriza silueta sobre las perfumadas sábanas de color pálido.

La pesada carga arrastrada a lo largo de mi vida quedó ligeramente suspendida por la firmeza de tus piernas; dos carriles que me guiaban hacia el camino de la perdición.

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Un país de maravillas

Reflejo de una pareja en un tren para ilustrar el relato Un país de maravillas

Puedes ver la imagen original en la cuenta de Flickr de Imati.

 

Los edificios pasaban a su lado de manera vertiginosa, al otro lado del cristal de un tren con destino a la rutina. Un puñado de carcasas para historias de ladrillo y hormigón, cuyo corazón había cambiado tanto con el tiempo, que ya era prácticamente irreconocible. Imposible de identificar con el rictus de su fachada, elegante, vetusta y orgullosa. Justo lo que sentía su alma atormentada.

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Alhajas

Tres sillas vacías para ilustrar el relato Alhajas

Puedes ver la imagen original en la cuenta de Flickr de Lordspudz.

 

Tres brazaletes lastraban su antebrazo, joyas pesadas que tintineaban continuamente en su memoria y dificultaban muchos de sus movimientos.

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Paradójica actitud

Banco en el parque para ilustrar el relato Paradójica actitud

Puedes ver la imagen original de portada en el perfil de Flickr de José M. Vazquez
(A quien le agradezco profundamente su participación).

 

ALFA

Andrea se sentaba cada día a tomar su pieza de fruta en un banco cercano a la facultad. Necesitaba esta rutina para mantenerse serena el resto del día. No importaba qué fruta fuese, siempre que fuese fruta, en ese banco y sin compañía; formaba parte de ella y por algún absurdo motivo le hacía sentirse especial. Aquel era su rincón oculto y personal. Daba igual si hacía frío o calor, si había tenido un día pésimo o si se habían vuelto a reír de ella. Era su momento y nada podría estropearlo.

Un día, dirigiéndose ansiosa a su edén entre el asfalto, observó una figura lejana que fue tomando forma mientras se acercaba. Parecía un muchacho y… ¡Oh Dios mío, estaba sentado justo en su banco! No podía ser, aquel banco estaba en la parte trasera de la facultad, raído por los años y la falta de uso; nadie lo usaba excepto ella.

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Revelaciones de una noche de verano

Mujer tendida en la cama con un halo de colores

Puedes ver la imagen original de portada en el perfil de Flickr de Daniel Hoherd.

 

Abrió la puerta a trompicones, después de otra noche memorable que al día siguiente sería incapaz de recordar. Se quitó su segunda piel de gasa y manga corta y puso el disco de Jeff Buckley, dejando que le envolviese la melancolía desgarradora de sus canciones, mientras liberaba sus pies del yugo dictador de los tacones.

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