Habitación libre (3/3)

 

Este es el desenlace del relato «Habitación libre». En la anterior entrega nuestros protagonistas estaban encerrados, pero dispuestos a enfrentarse al horror con uñas, dientes y antihistamínicos. Si no sabes de que puñetas te estoy hablando, probablemente te hayas saltado algunos pasos, así que será mejor…

Ir a la primera parte.

Si has venido a jugar y ya leíste de la primera y la segunda parte, te animo a descubrir cómo finaliza la historia. Si no, ¿a qué estás esperando? (Luego no digas que no te lo advertí).

 

Habitación libre. Final.

Clara asoma lentamente la cabeza a través de la puerta entreabierta. Parece que no hay nadie, pero cuando se dispone a salir, un maullido proveniente de sus pies hace que se pare en seco.

Al bajar la mirada, un gato esfinge, con un potente radar integrado en su lomo, le observa emitiendo una serie de maullidos cortos y largos como si de un felino código morse se tratase.

Cuando Clara vuelve a levantar la vista, una mujer con flores en el pelo le sonríe sujetando un gato persa en los brazos, mientras otro atigrado duerme hecho un ovillo encima de su cabeza. Clara sale de la habitación muy despacio seguida por Jorge, y estira el brazo hacia él sin dejar de mirar a la mujer. Jorge la mira sin comprender.

En ese momento, las flores que se entrelazan en el cabello de la mujer se mueven al unísono enfocándose hacia Clara, a la vez que emiten un haz de luz verde. Una infinidad de puntitos bailarines comienzan a moverse sobre su pecho y su cabeza, mientras Clara agita enérgicamente la mano hacia Jorge, impaciente. Jorge por fin cae en la cuenta y le pasa la caja de antihistamínicos.

La mujer deja de acariciar al gato, con la vista fija en Clara, y ladea la cabeza. Una gota de sudor resbala por su sien, corriendo sin descanso, cada vez mayor, hasta golpear la inmensidad de un suelo descascarillado de vinilo negro piano.

Con un movimiento rápido, Clara le lanza la caja, casi a la vez que la mujer le arroja el gato persa, cuyo frondoso pelaje se ha convertido en una masa de agujas afiladas. Ambos chocan en el aire con un gran destello.

Clara y Jorge apartan la mirada mientras la mujer sale despedida hacia detrás, desvaneciéndose en una nebulosa iridiscente.

Tras la explosión solo queda el eco de una voz femenina a pársecs de distancia.

¡Pero si son monísimos…!

Clara y Jorge continúan avanzando con prudencia a través del pasillo en penumbra, hasta que giran una esquina. En ese momento, Jorge emite un gritito agudo y recula rápidamente, justo en el momento en el que varias tarjetas de visita se clavan en la pared. En ellas se lee «OmniPiso» debajo del logotipo de una casa modular con forma de extraño iglú.

Jorge vuelve a asomar lentamente la cabeza y ve a un tipo trajeado de cuclillas, con una enorme corbata de rayas enrollada alrededor de la cara a modo de capucha ninja. Hace un rápido movimiento de mago y en su mano aparece un abanico de tarjetas de visita.

Jorge mira a Clara, apoyados ambos contra la pared. Clara asiente en silencio y Jorge se persigna sacando el contrato de alquiler del bolsillo interior de la chaqueta.

Cuando Jorge se dispone a salir, Clara le retiene y le da un abrazo, provocando un conato de pánico en su mirada, por las implicaciones que supone ese contacto. Sin embargo, Jorge se repone tratando de mantener la compostura a duras penas, acaricia la mejilla de Clara de manera fraternal y gira la esquina saltando y gritando, a la vez que lanza los folios del contrato.

El hombre trajeado responde con una nueva oleada de shuriken de visita, pero la terminología legal del contrato es demasiado densa como para que puedan atravesarlo. Los folios se van haciendo cada vez más grandes en el aire, provocando el grito ahogado del hombre justo antes de que los folios lo envuelvan por completo, dejándole tumbado en el suelo como un capullo de oruga.

Clara levanta a Jorge del suelo, donde se restriega la canilla insistentemente por el minúsculo golpe que se ha dado, y ambos pasan por encima del capullo, que no deja de moverse espasmódicamente.

Clara y Jorge salen del pasillo y se encuentran con que el salón está completamente a oscuras, salvo un potente foco cenital que ilumina su viejo y raído sofá. Ambos se acercan a él con cautela.

Frente a ellos, una lámpara se enciende alumbrando a un chico con gruesas rastas metálicas, recostado en una silla con los sucios pies encima de la mesa redonda, mientras la ceniza de un enorme porro virtual se acumula en una montaña holográfica gigantesca en el suelo, junto con platos sucios, y envoltorios de comida.

—¿Una caladita?

Clara pone los ojos en blanco mientras saca el ambientador y lo lanza a ras de suelo, haciendo que ruede por debajo de la mesa. El joven lo ve acercarse con los ojos enrojecidos y una media sonrisa.

—Pues chachi…

La enorme explosión hace que Jorge y Clara vuelen por los aires aterrizando sobre el sofá, Clara con el pelo de múltiples colores completamente alborotado y Jorge con las gafas descolocadas.

Frente a ellos hay una treintañera de tez azabache, sentada en una silla, con las rodillas muy juntas. Se sube la montura de unas gafas de pasta, sonriendo con timidez y cara de circunstancias.

—Vaya tarde movidita, ¿eh? —dice la chica, acercándoles una nómina grabada en una tarjeta metálica flexible.

—Veamos —comienza Jorge aceptando la nómina, al tiempo que se recoloca sus propias gafas—. Aquí dice que trabajabas en una librería por las mañanas y por las tardes estudias un máster en…

—Arqueología —responde la chica.

— ¿Y llevas mucho tiempo en Madroid…? —Clara mira a la chica intensamente, mientras se atusa el pelo tratando de arreglar el estropicio, o que al menos se quede de un solo color.

—Nabirb. Un par de meses, aunque no he tenido tiempo de ver mucho.

—Bonito nombre, Nabirb. Yo te podría enseñar los rincones con más encanto —dice Clara mientras juguetea con un mechón suelto, rojo pasión.

—Pues parece que tenemos ganadora… —murmura Jorge, carraspeando.

Clara le da un codazo mal disimulado a Jorge en las costillas, haciendo que suelte el aire de golpe. Luego se pone en pie y le ofrece la mano a la chica.

—Lo que quiere decir aquí mi primo, es que nos encantaría que fueses nuestra nueva compañera de piso.

—¡Genial! Pues iré trayendo mis cosas a lo largo de la semana. —responde Nabirb con entusiasmo mientras se levanta y estrecha la mano de Clara con delicadeza y un toque de sensualidad.

Jorge se levanta y acompaña a Nabirb a la entrada, sorteando diversos cuerpos y mobiliario roto.

—¿Esto es normal? Nabirb señala con extrañeza la extraña oruga de papel que llega arrastrándose por el pasillo.

—Ya sabes cómo está el tema del alquiler… —se disculpa Jorge.

—Qué me vas a contar…

Jorge se despide de Nabirb manera cordial antes de cerrar la puerta.

—Me gusta esta chica —le dice a Clara cuando vuelve al salón—. Tiene pinta de ser tranquila.

 

En el descansillo, Nabirb borra automáticamente la sonrisa de su cara en cuanto la puerta se cierra. Luego manipula el lóbulo de su oreja, haciendo que este pase a un palpitante color verde mientras se escucha el tono de un teléfono.

—Sí, soy yo. Ve activando el perfil en Rentacouch, creo que de aquí podemos sacar una buena tajada.

Nabirb vuelve a apretarse el lóbulo, colgando la llamada, y pulsa luego el botón del ascensor. Mientras lo hace, tararea distraída el pegadizo jingle publicitario de una antigua cadena de supermercados hace tiempo reconvertida en constructora.

El dulce tarareo se va fundiendo, poco a poco, con el acompasado zumbido del dispositivo de aerotermia que ronronea como un gato al otro lado de la puerta.

 

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

 

Banda Sonora Opcional: Wake Up (RATM Cover) – Brass Against

 

Publicado por Fernando D. Umpiérrez

Guionista, escritor, superviviente y tan biólogo como médico el Gran Wyoming. Un soñador empedernido encerrado en el cuerpo de un pragmático redomado. Observador impasible de realidades alternativas. Ahora sobrevivo como guionista de fortuna. Si buscas alguna historia y no la encuentras, quizás puedas contratarme...