Aquella maldita tarde de septiembre

 

Metabolismo emocional lento.

Eso fue lo que le diagnosticaron a Claudia cuando llegó a la consulta, seis meses después de que tuviese su primera menstruación.

Seis meses de insensibilidad absoluta, de sentirse afortunada por no añadir los cambios de humor y el cóctel explosivo de emociones a su ya de por sí compleja pubertad. Y, de repente, un día se despertó con ganas de saltar por la ventana porque se había levantado tres minutos antes de que sonase el despertador.

Tras numerosas pruebas y test, que por razones obvias se prolongaron infinitamente en el tiempo, su ginecóloga y su psicóloga determinaron que la explosión hormonal tardía solo era un efecto de algo mucho, muchísimo más grave.

Claudia, por razones desconocidas en aquel momento y que aún siguen siendo una incógnita, no era capaz de experimentar ciertas emociones hasta meses después de lo esperable.

Durante años tuvo que aguantar situaciones incómodas e inexplicables de la manera más estoica.

A veces se encontraba llorando sin motivo aparente delante de la cajera del supermercado, por un gato que se le había muerto de viejo siete meses antes y que en su momento se había limitado a tirar a la basura. O estallaba en carcajadas delante de un compañero de trabajo al que acababan de despedir, sintiendo el chiste que le había contado su vecina hacía dos años.

Pero eso no pasaban de ser meteduras de pata de las que más o menos podría salir airosa o simplemente quedar mal y seguir hacia delante. Lo peor era la aparente frialdad con la que encaraba las cosas.

A ojos de los demás, Claudia se lo tomaba todo con una parsimonia quizás un tanto excesiva. Cuando un hecho emocionalmente relevante la golpeaba, ella se limitaba a tratarlo de manera racional, asumiendo los pros y los contras con absoluto estoicismo. Si el evento era alegre, podía parecer que Claudia era una persona prudente y hasta un poco pesimista por no disfrutar de ese éxito o esa fortuna que le acababa de sonreír, mientras que, si era golpeada por algo devastador, la gente tendía a alabar su actitud positiva, casi zen, frente a la vida.

Lo que nadie veía era la explosión de emociones que la desgarraban por dentro, meses o incluso años después de ciertos acontecimientos. Una catarata golpeaba su cabeza hasta dejarla en una esquina hecha un ovillo durante días, a punto de ahogarse en un charco de sus propios sentimientos. Era un dolor físico, un nudo en la garganta y un vacío en el corazón, un fallo emocional multisistémico que le daba a la palabra psicosomático una dimensión completamente nueva. Porque todos esos neurotransmisores contenidos eran una bomba de relojería capaz de tumbar al más frío e inmutable banquero.

Con el tiempo, Claudia llegó a ser capaz de predecir el tiempo de demora emocional de cada experiencia, atendiendo a la magnitud, las consecuencias y las futuras implicaciones de la misma. Incluso tenía una agenda donde apuntaba el rango de días en el que le iba a golpear la última bronca de su jefe o la visión de aquel cachorrito tan mono que se le acercó en el parque.

Pero esto no era suficiente a menos que la situación fuese especialmente fuerte y nunca sentía que pudiese estar totalmente segura.

Por eso, su herramienta más poderosa era la prevención. Claudia se había construido un precioso escudo tras el cual se parapetaba ante cualquier acontecimiento donde las emociones pudiesen pillarla por sorpresa. Si no iba a saber cuándo sentir, tenía la determinación de evitar sentir en absoluto.

Claudia no era feliz, pero tampoco desdichada. La falta de sentimientos inmediatos compensaba con creces la explosión tardía e indefinida. Además, mirar el mundo desde la distancia le permitía tener una visión única de cómo funcionaban las cosas.

Todo iba a pedir de boca en su gris existencia carente de sobresaltos postergados hasta aquella maldita tarde de mediados de septiembre.

 

La librería del viejo Ernesto era su sitio favorito del mundo entero y el único realmente emocionante que se podía permitir.

El ritmo pausado de lectura y su carácter intelectual hacían de los libros los únicos elementos con los que era capaz de lidiar, y disfrutaba especialmente de aquellos momentos, días después, en los que le embargaba la maravillosa sensación del olor a libro nuevo.

Sus favoritos eran las biografías y los ensayos, aunque de vez en cuando se aventuraba a sumergirse en algún tratado filosófico, pero siempre con moderación. Ciencia ficción, fantasía y thriller estaban absolutamente despejados de su ecuación.

La pequeña tienda de pasillos estrechos tenía un ambiente de lo más acogedor. Las estanterías parecían todas hechas a mano y el suelo crujía con sutileza a cada paso. El anciano y afable dueño con aspecto de alquimista no hacía más que añadirle una agradable magia a todo el conjunto. Aquello le costó a Claudia una terrible migraña, meses después de toparse con ella casi por casualidad.

Al entrar saludó a Ernesto con una sonrisa y empezó a deambular por la vieja librería.

Algo la impulsó a pararse frente a la sección de cine y fotografía, así que supuso que aproximadamente en una semana se sentiría especialmente atrevida y con ganas de aventuras.

Ojeando las estanterías se topó con un recopilatorio de guiones de Woody Allen que le llamó la atención. El cine —sobre todo el que se hacía hoy en día— era algo que tenía estrictamente prohibido, pero sentía cierto gusto en diferido al leer guiones literarios. Quizás fuese por su estructura artificial o por su naturaleza de producto inacabado, pero había algo en es su manera de destilar las emociones de manera paulatina que le daba cierta paz.

—¿Te gusta Woody Allen?

Aquella joven de rastas azules y piercing en la nariz había aparecido de la nada, sacándola a la fuerza de su ceñuda y analítica lectura de la contraportada.

—No lo he leído, pero tiene buena pinta —contestó Claudia con tono neutro.

—A mí me a-a-a-apasiona el cine.

La forma de arrastrar esa primera «a» con un ligero tartamudeo y la manera en que aquella chica se mordía el labio con aire ausente mientras miraba los libros apilados hizo que Claudia levantase una ceja, desconcertada.

—En realidad me encanta cualquier historia que consiga removerme por dentro —continuó la chica apartándose una de las rastas de la cara—. Si después de leer cualquier novela o ver cualquier película no eres una persona distinta a cuando la empezaste, es que no merecía demasiado la pena. ¿Verdad?

La cálida sonrisa que acompañó a esa última pregunta sirvió de empuje suficiente a la segunda ceja de Claudia para que corriese a unirse a su compañera en lo más alto de su frente.

—Perdona, no te molesto más. Estoy un poco nerviosa porque es mi primer día, pero si necesitas cualquier cosa, solo tienes que buscarme.

A Claudia apenas le dio tiempo de articular un «gracias» antes de que la chica se diese media vuelta y desapareciese por una esquina repleta de libros, envuelta en un aura azul. Luego continuó ojeando la parte de atrás del libro un rato más, hasta que se convenció de que era una elección apropiada.

Cuando se disponía a dirigirse al mostrador para pagar, Claudia se paró, sacó de su bolso una pequeña agenda y empezó a pasar las hojas de manera distraída. Cuando hubo localizado el día adecuado —tres meses y dos semanas exactas contando a partir de aquel día— Claudia extrajo de su bolso un rotulador rojo de punta fina y dibujó, con cierta tranquilidad, un enorme corazón rojo cuya tinta se filtró hasta el treinta y uno de diciembre.

Apenas fue consciente de la lágrima que le corría solitaria por la mejilla.

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

 

Banda Sonora Opcional: Parade – Kevin Morby

 

Publicado por Fernando D. Umpiérrez

Guionista, escritor, superviviente y tan biólogo como médico el Gran Wyoming. Un soñador empedernido encerrado en el cuerpo de un pragmático redomado. Observador impasible de realidades alternativas. Ahora sobrevivo como guionista de fortuna. Si buscas alguna historia y no la encuentras, quizás puedas contratarme...