¿Quieres mejorar como lector? Pues olvídate de trucos para leer más rápido

 

Dice Robert McKee en su libro El guión, que cualquier teoría sobre los paradigmas y los modelos infalibles de redacción que sirven para alcanzar el éxito comercial es un completo disparate. McKee carga con esta lapidaria frase contra aquellos que, como Syd Field, se empeñaban en reducir la creatividad a una fórmula matemática incuestionable. Una suerte de dogmático manual de instrucciones para triunfar en el séptimo arte, entendiendo por triunfar no el hacer buenas películas, sino millones en taquilla. Convertir el noble oficio de contar historias, en un manual del perfecto vendedor comercial.

Sin duda, Robert McKee es un personaje controvertido con una curiosa manera de exponer su verdad y es ampliamente conocido el enfrentamiento académico que siempre ha mantenido con Field, el otro gurú de la escritura de guiones. No obstante, si conseguimos decantar y neutralizar el veneno de la frase, el mensaje subyacente es una máxima que bien podría aplicarse también a la lectura y a la vida en general.

 

Las limitaciones que no nos cuentan

Hoy en día, internet está plagado de artículos con trucos y consejos para leer más rápido y devorar cuantos más libros mejor —no hay más que hacer una rápida búsqueda en Google con la frase leer más rápido para obtener la friolera de casi veintiséis millones de resultados—. Existen apps que prometen incrementar el número de palabras leídas por minuto (ppm), blogs ofreciendo los mejores trucos para deglutir tinta y celulosa y gurús aleccionando de lo ridículos e inútiles que son esos otros artículos sobre técnicas de lectura rápida y asegurando que con sus DIEZ FANTÁSTICOS CONSEJOS se puede de verdad incrementar ese porcentaje del cerebro que usamos habitualmente, ese diezmo biológico que nos ancla a la mediocridad intelectual —EL CUARTO TE SORPRENDERÁ—.

Pues para desconsuelo de Lucy, aunque fuese cierta esa falacia tan extendida y se pudiese incrementar la capacidad del cerebro, éste se encontraría lastrado irremediable por la pereza de los ojos. Como bien apunta Victoria Pérez en este interesante artículo de Hipertextual, los seres humanos en la fase adulta pueden leer, por regla general, hasta un máximo de 400 ppm con una capacidad limitada de comprensión, debido a que los ojos no son lo bastante rápidos (la capacidad de comprensión se incrementa hasta unas 500 ppm en una conversación oral). En su artículo, Victoria también echa por tierra esa creencia, tan repetida entre los amigos de la ingesta descontrolada, que dice que subvocalizar (pronunciar mentalmente las palabras mientras leemos) es un peso muerto en la carrera hacia la cuantitativa meta literaria, lo cual cae en el error de confundir subvocalización con fonética.

 

Pero, ¿Cuál es realmente el objetivo?

Vale, aceptemos un hipotético futuro en el que se consigue abrir de par en par las puertas de nuestro desaprovechado cerebro dándole vía libre a las neuronas. Supongamos, incluso, que es posible implantar retinas sintéticas obtenidas a partir de células madre con los genes de Usain Bolt. ¿Cuál podría ser el siguiente paso?

Con la capacidad de asimilar los libros por millares, nuestra gula intelectual nos pedirá más alimento. Ya no será suficiente con mover los ojos a la velocidad del rayo y absorber textos como una esponja. ¿Por qué no descargar directamente todo ese conocimiento? ¿Por qué no prescindir de los globos oculares y fusionar digitalmente las enseñanzas, las emociones y el entendimiento? Solo así conseguiríamos nuestro propósito: ser discos duros vivientes; convertirnos en Cortocircuito.

 

Johnny 5 de Cortocircuito leyendo un libro

Johnny 5 en la película Cortocircuito (via GIPHY)

 

¿Ven a dónde quiero llegar?

La curiosidad ha movido al ser humano desde que adquirió consciencia de sí mismo y esas ansias por saber son naturales —aunque ciertos comportamientos sociales se empeñen en ponerlo en duda—. Es muy frustrante tener a al alcance semejante cantidad de literatura y ser incapaces de asimilarla, pero a veces estamos tan obsesionados con el destino, que al llegar apenas recordamos el camino recorrido.

Si intentamos luchar contra nuestras capacidades con el único fin de acumular conocimiento, lo único que obtendremos es una descomunal cantidad de información dispersa que, como no hemos retenido adecuadamente, iremos olvidando para dejar espacio a más datos fragmentados. Y lo que es peor, convertiremos en un tedioso e ingrato trabajo uno de los mayores placeres de la vida.

 

No intentemos leer más rápido, procuremos leer mejor

En esta sociedad de las redes sociales, el marketing, el coaching, el trending topic y las modas, parece que lo único importante es alcanzar los objetivos, sean cuales sean. Se prima la cantidad por encima de la calidad, convirtiendo el paseo en trámite; la aventura en trabajo; el placer en ansiedad.

En mi opinión, leer y escribir son actividades con una capacidad descomunal para incentivar la creatividad, alimentar la curiosidad y engrasar como ninguna, la maquinaria de la imaginación. Ya sean artículos científicos, periodísticos, novelas, ensayos o poemas, todos los textos tienen la capacidad de enseñar algo y se deben afrontar en las condiciones más adecuadas.

Cuando abordamos un texto lo suficientemente interesante podemos pasarnos horas sumergidos en sus aguas sin apenas preocuparnos que salir para coger aire, olvidándonos incluso de comer. Por lo tanto, se podría aventurar que el problema no es la falta de capacidad sino de tiempo y una desacertada elección del objetivo.

Un libro debe remover nuestros cimientos, enseñarnos, convertirnos en algo distinto de lo que éramos antes de conocerlo.

Por eso creo que no debemos mancillar una actividad tan extraordinaria convirtiéndola en una labor mecánica carente de significado. ¿De qué sirve navegar por cientos de palabras por minuto si solo resbalamos por su superficie?

Disfrutemos del placer de la lectura, concedámosle el tiempo necesario. Leamos, releamos y volvamos a leer, yendo hacia delante y hacia atrás. Empapémonos de lo que el autor nos quiso transmitir. Desgranemos su mensaje explorando los recovecos de su mente. Devoremos libros si es lo que nos nace, pero sin que sus mensajes se vuelvan borrosos por la vertiginosa angustia de alcanzar una meta artificial. Acabemos exhaustos si hace falta. Tal vez al final del año tengamos un libro en nuestra cuenta en lugar de quinientos, pero habremos saboreado cada página y asimilado cada esencia.

Porque un libro debe remover nuestros cimientos, enseñarnos, saciarnos, convertirnos en algo distinto de lo que éramos antes de conocerlo. Y eso es imposible si corremos tan deprisa que sus letras no pueden alcanzarnos.

 

Un texto de Fernando D. Umpiérrez

 

Banda Sonora Opcional: We Are All Accelerated Readers – Los campesinos!

 

Publicado por Fernando D. Umpiérrez

Guionista, escritor, superviviente y tan biólogo como médico el Gran Wyoming. Un soñador empedernido encerrado en el cuerpo de un pragmático redomado. Observador impasible de realidades alternativas. Ahora sobrevivo como guionista de fortuna. Si buscas alguna historia y no la encuentras, quizás puedas contratarme...