Némesis

 

Toda tu vida te ha convencido de que no vales para nada y tú lo has creído a pies juntillas.

Intentas expresar tus sentimientos sin tener con quien compartirlos, convencido de ser incapaz de pasar por esto solo. Las esperanzas se muestran esquivas, incapaces de darte la satisfacción de una victoria.

Encuentras nuevos rostros y nuevamente te sientes petrificado, volviendo a los días de pasillos solitarios y horas muertas. De llegar temprano a los sitios para tener algo que esperar en esta vida. Horas tiradas mirando una pared de ladrillos porque, simplemente, no tienes otra maldita cosa que hacer. Pero él siempre está ahí para gritarte: ¿a quién coño necesitas?

Todo se desvanece y echas la vista atrás deseando ser tú el que desaparezca, porque, como siempre te recuerda, ni un solo segundo de tu vida quedará para la posteridad. Solo quedan las oscuras esperanzas de que todo sea rápido e indoloro.

Toda tu vida te ha convencido de que no vales para nada y tú lo has creído a pies juntillas.

Los días te atraviesan con la facilidad con la que se atraviesa un haz de luz y empiezas a contar los segundos sintiendo las canas abrirse paso entre clareas, deseando que vuelvan aquellos días dorados y borrosos. Aferrándote a una rutina incierta. Mirando más al pasado que al presente. Dando el futuro por perdido.

Inercia, dolorosa e irrevocable inercia.

Esa es la rutina de los deprimidos. Tratas de ser optimista, pero él te devuelve a la realidad de que, en el fondo, siempre se puede estar más solo y más jodido. Y ahí está la vida para limpiar tus restos de su pulida y recia bota militar.

—Nada es eterno excepto la decepción humana —comenta de pasada.

—Podríamos vivir mil existencias, sin conseguir aprender la manera de no decepcionarnos como especie —dice con su sardónica sonrisa—. El fracaso quedará grabado en nuestros cromosomas.

Sin embargo, en tu fuero interno apenas eres capaz de creerte esta sarta de derrotistas patrañas. Simplemente es el camino más sencillo y más cobarde, puesto que no hay un ápice de valor en tus entrañas.

—¡Sal de tu zona de confort! —Te gritas a ti mismo.

—¿Para qué? —es la primera pregunta de aquel estúpido cobarde— ¿Para avanzar hacia otra decepción? ¿Para levantar la cabeza el tiempo necesario para visualizar otra derrota?

No.

Para demostrarle a tu peor enemigo, que el miedo es fuerte pero no invencible. Para enseñarle a ese cabrón que hunde continuamente tus sueños, que es posible vivir de otra manera. Para mirarle de frente y gritarle a tu reflejo que no solo no es imposible, sino que puede llegar a ser maravilloso vivir contigo mismo.

 

Un texto de Fernando D. Umpiérrez

 

Banda Sonora Opcional: Under the bridge – Red Hot Chili Peppers

 

Publicado por Fernando D. Umpiérrez

Guionista, escritor, superviviente y tan biólogo como médico el Gran Wyoming. Un soñador empedernido encerrado en el cuerpo de un pragmático redomado. Observador impasible de realidades alternativas. Ahora sobrevivo como guionista de fortuna. Si buscas alguna historia y no la encuentras, quizás puedas contratarme...

  • David Rubio

    La rutina es una “jodida hija de puta”. La odiamos cuando se instala en nuestra vida, pero la buscamos desconcertados cuando tiene a bien dejarnos aunque sea un día. Como siempre, tus textos son incisivos y muestran la naturaleza del hombre moderno. Saludos!

    • http://www.eltinteroinfinito.com Fernando Diez

      ¡Muchas gracias, David!

      La rutina es traicionera, pero más traicionero es el miedo que nos embarga ante la duda, ante lo desconocido. Al final nuestro peor enemigo somos nosotros mismos.

      ¡Saludos!