Recuerda que es altamente recomendable acompañar la lectura con la Banda Sonora Opcional que aparece al final de cada relato.

   

Un viaje sin retorno

Una valla, símbolo del drama de los inmigrantes

Puedes ver la imagen original en la cuenta de Flickr de David Álvarez López.

 

El domingo pasado mi corazón quedó hecho pedazos, pero de sus restos surgió algo mejor y necesitaba contarlo de manera cruda y directa, despojado de las pieles del relato.

Todo comenzó poco antes de las ocho y media, cuando encendí el televisor para poder ver el estreno de Astral, aquel documental de Salvados que tanto habían anunciado, sobre la labor que ProActiva Open Arms está realizando en el Mediterráneo para salvar de una muerte segura a quienes se juegan la vida día tras día en busca de una vida mejor. Por si esto fuera poco, a este reportaje le siguieron otros dos, sobre los refugiados sirios en Jordania, y sobre los inmigrantes que tratan de cruzar la valla de Melilla, por lo que la noche se prometía intensa.

Siempre he puesto la labor de las ONG en una especie de cuarentena moral por la estructura y funcionamiento opaco de muchas de ellas (salvo honrosas excepciones) y porque pienso que al final terminan, sin quererlo, sirviendo como justificación y escudo de las grandes instituciones gubernamentales que las utilizan para lavarse las manos de su verdadera responsabilidad. Sin embargo, reconozco que muchas veces visibilizan una realidad que de no ser por ellas quedaría relegada al olvido. Por eso estaba expectante por ver la realidad que Jordi Évole y compañía me lanzarían a la cara sin cortapisas. Directo al mentón, como viene siendo habitual.

Abogados, futbolistas, médicos, empresarios, agricultores, maestros. Vidas truncadas vistas como objetos, como un problema del que deshacerse. Delincuentes. Trozos de carne sin nombre abandonados a su suerte.

A medida que pasaban los minutos y crecía el nudo en mi garganta, ante mí se presentaban testimonios inverosímiles. Jóvenes, viejos, mujeres y niños luchando contra lo inevitable en un mar inhóspito y hostil, con la única promesa a cuestas de que la posible muerte en el fondo del Mediterráneo es más esperanzadora que la vida que dejan en sus países de origen. Familias enteras divididas cuando no masacradas. Seres humanos tratados como jaurías, encarcelados en improvisadas ciudades de concentración para refugiados que huyen de una guerra a la que el mundo entero le ha dado la espalda, en un país que siempre acogió con las casas abiertas a sus vecinos cuando necesitaron refugio. Personas que han recorrido todo un continente para saltar una valla mortal, porque les queda tan poco que ya ni las mafias quieren aprovecharse de su angustia.

Poco a poco descubro sus historias, su nombre, su discurso y su pasado. Veo esperanza en sus miradas, pero también tristeza, desesperación, cansancio, alegría, incertidumbre, bondad, agotamiento, llantos, impotencia o incredulidad. Demasiados sentimientos contenidos por demasiadas almas con un futuro incierto. Pero a medida que todo esto se muestra ante mis ojos, sus historias se convierten en mías y mis problemas pasan a un segundo plano.

Esos rostros que saludan desde una lancha medio hundida, desde un contenedor provisional o desde una tienda hecha de ramas y plásticos en lo alto de un limbo multicultural, se convierten en caras familiares con un pasado conocido, un presente oscuro y un futuro completamente incierto.

Las imágenes desfilan ante mí convirtiendo esa masa informe de temores y estadísticas devastadoras que riegan los noticiarios, en realidades con sueños idénticos a los míos, con unos proyectos de futuro que la casualidad pulverizó por tener la mala suerte de nacer debajo de la alfombra del mundo libre. Y lo peor es que solo han avanzado un par de millas en esa pesadilla. Lo peor no es más que un rumor lejano. Todos son inmigrantes, todos son refugiados, todos son simplemente personas con demasiados problemas para preocuparse de su nomenclatura.

Documentales como este hacen que se revuelva algo en mi interior. A corto plazo muchos (los que pueden) irán corriendo a realizar donaciones, y eso está muy bien —aunque no son los particulares los únicos que deberían tomar parte en esta contienda—, pero  su éxito más importante radica en el medio plazo, en el remanente que queda en un rincón de tu conciencia y que va creciendo poco a poco.

Al levantarte a la mañana siguiente, después de mucho tiempo de frustración y ánimos bajos, ves la vida desde otra perspectiva, disfrutas de unas fuerzas extrañamente renovadas. Con ganas de salir ahí fuera y comerte el mundo. Con ganas de luchar, aunque sea en una empresa tan egoísta como la de tratar de salir del propio barro.

Con un poco de suerte, acciones como ésta arrojarán un poco de luz a nuestro corazón, nos abrirán los ojos y nos harán crecer como personas. Porque si alguien es capaz de lanzar a su propio hijo a un vagón con rumbo a lo desconocido para luchar por un futuro, nosotros tenemos la obligación moral de empezar a mover el culo.

 

Un texto de Fernando D. Umpiérrez

 

Hoy la Banda Sonora Opcional es el rumor de un mar sin horizonte. De un desierto sin final. De un futuro sin remedio.