Recuerda que es altamente recomendable acompañar la lectura con la Banda Sonora Opcional que aparece al final de cada relato.

   

La ventana (Especial Halloween)

La ventana. Imagen de Cristian Campos para ilustrar un relato especial de Halloween

Puedes ver la imagen original en la cuenta de Flickr de Cristian Campos González.

 

La noche de los difuntos está cerca, Halloween se respira por las calles y las brujas están poniendo a punto sus escobas. ¿Qué mejor para celebrarlo que un pequeño y atípico relato de terror?

Hoy les traigo una historia sobre un miedo más real y cercano de lo que parece, especialmente dedicada a aquellos amantes de pasar un poco de angustia en esta fecha tan señalada. Espero que este cuento no les deje indiferentes.

 

La ventana

Desde el pequeño ventanuco que se alzaba en la pared de su angosta habitación, Irene apenas podía ver unos centímetros del mundo. Tampoco es que la parte trasera de un jardín destartalado, lleno de malas hierbas y algún que otro gato vagabundo tuviese un gran atractivo, pero casi no recordaba el día en el que se mudó a su nuevo hogar, ni los años posteriores. Aquel exterior reticulado era la única nota de color en el borrón de gris monotonía en el que se había convertido su existencia.

Muy temprano, su papá le traía el desayuno si se portaba bien y había hecho la cama. Le convenía mantener su cuarto limpio y ordenado. Luego, el baño matutino para mantenerse limpia y despertar bien sus sentidos para encarar las labores del día; aprender a leer y escribir no era una tarea sencilla.

Una vez hechos los deberes, le estaba permitido dedicarse a su pasión. Se podía pasar horas dibujando en aquel desgastado cuaderno y nunca tenía suficiente. Hacía bocetos de los pequeños insectos y animalillos que poblaban la habitación, aunque aún no le salían demasiado bien y, cuando estaba de humor, también dibujaba a su padre junto a ella jugando en la bañera, o vistiéndola con mimo y arreglándole el cabello. Pero sobretodo dibujaba pesadillas. Sueños nebulosos que acechaban en las tinieblas. Cristales rotos, gritos en la noche, y pasos con un eco aterrador. Un ruido metálico. Un ronroneo seguido de un rugido estrepitoso. Y después la oscuridad.

Muchas veces se despertaba entre sudores y dolores apagados y siempre encontraba al lado a su papá para calmarla. A veces incluso llegaba a mojar la cama, pero lejos de enfadarse, su papá la abrazaba con fuerza para alejar aquel terror.

Hacer aquellos dibujos le horrorizaba, pero también servían como escape de los extraños pensamientos que rondaban su cabeza. Cosas que apenas entendía y que prefería enterrar en un rincón de su consciencia. Por eso se centraba en dibujar las cosas bonitas que le ofrecía su precioso universo rectangular. Tenía dibujos de gatos, de ciempiés y de arañas gigantes. Del enorme árbol que dominaba su visión, a través de cuyas ramas podía contemplar la luna en las noches despejadas. Incluso tenía el dibujo de un formidable mirlo que una vez se entretuvo buscando gusanos muy cerca del cristal. Para Irene, la ventana era un ancla que le transmitía seguridad y observar la vida pasar a través de ella, era su mayor felicidad.

Una noche sin luna, especialmente ventosa, aquella seguridad se rompió en mil pedazos. Irene se despertó de un sueño inquieto y, al girarse, vio cómo una sombra cruzaba lentamente la ventana. Inmediatamente se escondió bajo las sábanas, convenciéndose de que no eran más que imaginaciones de su mente somnolienta. No podría estar más equivocada.

Aquel exterior reticulado era la única nota de color en el borrón de gris monotonía en el que se había convertido su existencia.

Tras contener la respiración unos segundos oyó un extraño forcejeo, seguido de arañazos metálicos que la transportaron de golpe a sus peores pesadillas. Aquello no podía estar sucediendo de nuevo, otra vez no. Tardó un latido en saltar del colchón y esconderse bajo la cama, obligándose a mantener la vista fija en aquella antigua compañera que ahora le daba la espalda. De la oscuridad del tragaluz surgió una terrible cabeza sin rostro cuyas pupilas luminosas rastreaban el interior en busca de su presa, mientras que en el piso superior, el retumbar de cientos de pisadas hacía temblar la casa entera.

Irene se tapó los oídos con las manos para amortiguar el ruido, mientras sus ojos anegados en lágrimas observaban impotentes cómo la ventana se llenaba de un sinfín de virutas de fuego, al tiempo que un chirrido aterrador hacía añicos el cristal.

Desesperada como estaba, era incapaz de reaccionar. Tenía el corazón en un puño, bombeando sangre en todas direcciones.

Bum, bum. Bum, bum.

El sentir de los latidos era cada vez más poderoso.

Bum, bum. Bum, bum.

Pero ahora no era su corazón el que palpitaba con más fuerza, sino la puerta de su angosta habitación.

Bum. Bum. Bum.

Irene se hizo un ovillo bajo la cama y cerró los ojos dejando que las lágrimas corriesen por sus mejillas. Temblaba de los pies a la cabeza. Sabía que caer en las garras de aquella bestia salida de sus peores pesadillas era solo cuestión de tiempo.

Como respuesta a sus temores, la puerta cedió ante las terribles embestidas, convirtiéndose en una nube de astillas y haces de luz que cubrió rápidamente toda la habitación. De aquel caos surgió una mano negra que se deslizó rápidamente, apresando su tobillo y tirando con fuerza, a pesar de la endeble resistencia que ella pudo ofrecer.

Pero ante su estupor, lo que siguió no fue una dentellada, sino un abrazo y una manta.

Cuando por fin se atrevió a abrir los ojos, varios hombres uniformados la rodeaban mientras otro la estrechaba entre sus brazos. Su padre, esposado y cabizbajo, se encontraba arrodillado frente al marco de la puerta.

—La pesadilla ha terminado, pequeña —oyó decir a su captor—. Es hora de regresar a casa.

 

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

 

Banda Sonora Opcional: Promise Reprise (extendida)* – Akira Yamaoka

*Canción incluida en la BSO del videojuego Silent Hill 2 de Konami

 

  • David Rubio

    Muy buen relato. Has sabido manejar ese punto de vista de la niña para esconder una realidad mucho más real y terrible que se manifiesta en un final sorprendente pero bien preparado. Felicidades Fernando!

    • http://www.eltinteroinfinito.com Fernando Diez

      Muchísimas gracias, David.
      Decía Stephen King (y hablo de memoria) que el verdadero terror es aquel que resulta más factible; aquel perpetrado por personas normales capaces de hacer las cosas más aberrantes.
      Digamos que no todos los monstruos que vienen a vernos son tan amables…

      ¡Un abrazo y gracias por comentar!