Recuerda que es altamente recomendable acompañar la lectura con la Banda Sonora Opcional que aparece al final de cada relato.

   

Persiguiendo la entelequia

Uno de esos Pub extraños donde atreverte a romper con la monotonía

Puedes ver la imagen original en la cuenta de Flickr de Juan Cabanillas.

 

He quedado con mi amigo Pablo para ponernos al día después de mucho tiempo de no vernos. Ese tipo de reuniones que te sacan de la inercia del día a día, donde recuerdas historias pasadas que coronas con promesas vacías de futuros reencuentros. Sí, exactamente esas citas que anhelas porque te dan la vida, pero se repiten menos de lo que deberían, porque los amigos hay que cuidarlos y parece mentira que seamos tan desastres.

Mi afán de puntualidad ha hecho que llegue demasiado pronto. Aún quedan cuarenta minutos, así que entro en un bar cercano llamado: La cervecería, lo que denota una desbordante imaginación, a la altura del culto a la higiene que profesan los dueños del local. No veo a nadie, por lo que me freno un poco pensando que quizás aún no hayan abierto las puertas al modesto público.

De repente, un hombre sale tambaleándose del almacén. Es simpático, aunque destila un aroma un tanto embriagador, teniendo cada palabra, en este caso, su significado más literal. El pequeño hombrecillo va borracho como una cuba.

Le pido un barraquito, que siempre me trae buenos recuerdos, y me lo sirve con la parsimónica dedicación de quien tiene que poner todos sus sentidos en mover conscientemente cada músculo de su cuerpo, con el fin de no ocasionar ningún desastre, mientras mantiene precariamente la verticalidad.

El ambiente, aunque cargado, o precisamente por eso, es ensoñador y te transportaría automáticamente a alguna taberna perdida del casco antiguo de Paris en el s. XIX, si la música machacona de la plaza cercana no sirviese para devolverte a la cruda realidad de unas fiestas de pueblo, como la patada que te arranca de un sueño dentro de otro sueño, a golpe de Paquito, el chocolatero.

Una mano, a la que le sigue un brazo rematado por una cara somnolienta de carrillos hinchados y sonrisa de babieca, interrumpe mis divagaciones; otro camarero más joven pero en iguales condiciones que el anterior está parado frente a mí con una bolsa de churros, incitándome a comer mediante gestos ostentosos y sonidos guturales. Ante tal inverosímil situación, no puedo por más que aceptar su ofrecimiento, profundamente agradecido. Surtido ya de cuatro churros con los que aquel amable individuo me ha obsequiado, me sumerjo nuevamente en mis pensamientos.

Creo que este tipo de situaciones sólo son posibles cuando consigues romper con la monotonía y te adentras en ambientes diferentes… como por ejemplo un bar desconocido y alejado de tu ruta habitual, regentado por un camarero bigotudo y socarrón —actitud presumiblemente motivada por eventuales descensos en las existencias etílicas del establecimiento—, y su jovial y samaritano compañero.

Me encanta disfrutar las noches en los rincones de esas ciudades antiguas y cargadas de misterios, porque te transportan a otros tiempos. Tiempos de poetas, escritores y bohemios. Sombras e incógnitas en cada cara y en cada personaje. Sueños hechos realidad.

El ambiente, aunque cargado, o precisamente por eso, es ensoñador y te transportaría automáticamente a alguna taberna perdida del casco antiguo de Dublín, si la música machacona de la plaza cercana no sirviese para devolverte a la cruda realidad.

Una nueva mirada al bar hace que me recree en los detalles. Madera y tela de esparto decoran las paredes y, a juzgar por su estado, desde antes de que dichos materiales fuesen descubiertos. El decorado de este antiguo thriller de bajo presupuesto se adereza con cuadros anunciando cervezas desconocidas, famosas y caducas, bancos y carteles de neón que parecen gritar, al unísono, que hasta ellos se consideran una nota disonante dentro de la estrafalaria melodía que envuelve este lugar.

Da la impresión de que un enigmático personaje con gabardina y sombrero estuviese a punto de entrar, mojado por la lluvia de un frío otoño, haciendo preguntas sobre actividades extrañas o mitos de la zona. En este sitio, seguramente encontraría a algún marinero borracho, amigo, desde luego, del camarero anterior, que le plagaría la cabeza de historias sobre leyendas de hombres-pez o batracios de la envergadura de personas.

Una pareja entra. Piden Santa Teresa con cola y J. Walker etiqueta negra en vaso ancho y poco hielo. Sólo falta Corso con barba de tres días y mirada cansada, con un vaso de ginebra azul en el fondo del bar, en un rincón oscuro y ensimismado en sus pensamientos, tratando de descubrir el significado de los malditos grabados del tarot. Así se completaría este escenario surrealista.

Al fondo de un pasillo sombrío, el dueño, que acaba de llegar, abre una puerta donde se dejan entrever las mohosas botellas de un almacén que hubiese sido la envidia de cualquier local del Chicago de los años veinte, durante la mágica época del contrabando y la ley seca.

Gente extraña e irreal para un día no menos inverosímil, que te abren la consciencia hacia los infinitos matices de la naturaleza humana, de cómo solo hace falta un poco de imaginación para convertir una escena aparentemente cotidiana, con cierto regusto bizarro, en el escenario perfecto, catalizador de fantásticas historias. Vidas que se cruzan en nuestro camino a diario, dejando una huella de la que muchas veces apenas somos conscientes.

En ese preciso momento Pablo entra por la puerta, buscándome con la mirada. Todos los músculos de su cara, sus micro expresiones faciales, parecen haberse puesto de acuerdo para preguntarme, sin palabras, por qué demonios me he metido en semejante antro. Sonrío ante mi propio romanticismo adolescente, pago mi barraquito y me despido de aquella sórdida ventana al ensueño, con la promesa de que algún día volveré para dejarme empapar de sus ilusorias historias cotidianas.

 

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

 

Banda Sonora Opcional: Mood Indigo – Charles Mingus