Recuerda que es altamente recomendable acompañar la lectura con la Banda Sonora Opcional que aparece al final de cada relato.

   

Bofetadas de vacío inmaculado

Libreta con página en blanco por falta de inspiración

Una imagen original de Fernando Díez para El Tintero Infinito

 

Delante del blanco telón de mi futuro trato de convertir recuerdos en delirantes fantasías.

Las letras bailan incesantes, mientras el peso de granos invisibles, pero grandes como piedras, me recuerda que la vida huye lentamente por un desagüe de clichés y vanas esperanzas, presa de la monotonía encerrada entre cuatro paredes incapaces de dictar un rumbo definido.

Hora tras hora aguardo una recíproca señal indicadora de que mi labor sirve para algo más que para alimentar mi propio ego.

Cuando las historias se amontonan en innumerables rincones de mi mente, pugnando por manchar el telón con una carcomida cuenta atrás, mi siniestra temblorosa pone frívolas excusas con tal de contener el torrente de relatos.

—Nunca serás lo suficientemente bueno —espeta el pulgar haciendo el pino.

—¿Quién querría estar en el centro de atención…? —me previene el índice.

—¿…cuando descubran al farsante y te manden a la mierda? —completa el nihilista corazón.

—¿Y si te comprometes a una empresa que no puedes alcanzar? —pregunta, temeroso, el anular.

—No eres más que un inútil que no sirve ni para sujetar una pluma estilográfica —recrimina el meñique resentido, simplemente por formar parte de la fiesta.

Cuando las historias se amontonan en innumerables rincones de mi mente, pugnando por manchar el telón con una carcomida cuenta atrás, mi siniestra temblorosa pone frívolas excusas.

Así transcurre mi existencia, traicionado por mis propias herramientas de trabajo. Atrapado en un laberinto construido poco a poco, con quesitos de corcho al final del recorrido.

Todas las promesas que mi diestra graba a fuego justo antes de acostarme, todos esos planes de relatos memorables, de proyectos exitosos, de una vida siendo dueño de mi forma de vivirla, los barre al despuntar el alma, de una bofetada, mi siniestro pesimismo.

Ocupo mi lugar en un mundo de miedos y mentiras, anquilosado por la perspectiva de utópicas falacias que, al golpear la realidad con martillos de plástico de estridente colorido, enmarcan mis palabras con pitidos tragicómicos.

Sin embargo, la pesada inercia del deseo truncado es el motor de mi consciencia. El miedo de salir al mundo, la llave que cierra una puerta imaginaria, es también la que abre la ventana que me permite observar paisajes asombrosos, a través de los cuales escapar de esta realidad vacía y plana.

Solo entonces mi mano izquierda deja de temblar, templa nervios y agarra con firmeza aquella vieja pluma de talante burtoniano, que compré en un rastro por apenas unos euros, y que me recuerda, desde hace años, que no hace falta una fortuna para descubrir los secretos de la alquimia.

Para ser capaz de convertir los miedos en ficción y fantasías.

Para aconsejar con valentía que se agarren al asiento, porque la función está a punto de empezar.

 

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

 

Banda Sonora Opcional: Black page – The Smashing Pumpkins