Recuerda que es altamente recomendable acompañar la lectura con la Banda Sonora Opcional que aparece al final de cada relato.

   

Causa y efecto

Ilustración para el relato Causa y Efecto (créditos thecreakyattic)

Puedes ver la imagen original de portada en el perfil de Deviantart de Thecreakyattic.

 

Un día frío es todo lo que necesitamos para darnos cuenta de que nuestra vida ha dado un cambio de rumbo. Eres incapaz de discernir si ese incómodo temblor es producto del cambio prematuro de estación o resultado del miedo a lo desconocido. Esa sensación incómoda nos impide concentrarnos y nos invoca a recapacitar en un instante, sobre todos los pasos realizados a lo largo de nuestra vida.

En esa tesitura me encontraba una mañana, observando en retrospectiva la serie de acontecimientos que me habían llevado a aceptar aquel enorme cargo de responsabilidad, en un proyecto de una magnitud que a veces se me escapaba de las manos.

Quién diría que todas esas reflexiones las hacía con un cruasán a medio comer, un café medio frío, un periódico a medio leer, y medio dormido. Quedarme a medio camino de alcanzar mi objetivo parecía la historia de mi vida entera.

Mientras meditaba acerca de todas esas vicisitudes existenciales, me puse mi traje de señor formal y me sumergí en un océano de acero y almas perdidas, con la precaución de vacunarme contra la apatía condal a base de veinte miligramos de sueños y esperanzas por la vía ótica, e incapaz de decidir el camino a elegir. Demasiado frío para aventurarme al pedaleo matutino, demasiado gris para que la visión por superficie fuese reconfortante; demasiada oscuridad en las entrañas de la tierra.

Mientras meditaba acerca de todas esas vicisitudes existenciales, me sumergí en un océano de acero y almas perdidas, con la precaución de vacunarme contra la apatía condal a base de veinte miligramos de sueños y esperanzas por la vía ótica.

Desde pequeño todo me había atormentado, toda situación la encaraba con una responsabilidad personal, aturdido por cualquier mínima consecuencia, por el miedo al rechazo, al fracaso dirían algunos. Cuán equivocados estaban. Mi verdadero pavor no era a la posible decepción de cualquier empresa acometida, en absoluto. Mi mayor temor, lo que me quitaba el sueño por las noches, era algo mucho más terrible. Era una profunda e irracional aprensión al éxito. ¿Y si aquello en lo que me había embarcado funcionaba y era tan célebre como para convertirme en una figura reconocida? ¡Dios mío, supondría ser visible a un montón de gente! No era bueno hablando en público, eso era francamente intolerable. Hacer el ridículo era el desenlace más probable. ¿Y la responsabilidad de semejante triunfo? Sólo imaginarme cuánto se esperaría de mí, me cortaba el aliento.

Ese temeroso lastre me pesaba como la cadena a un reo, hasta el punto de empezar a tener dificultades para respirar, pensando en cuánto había trabajado en la presentación que expondría aquella misma mañana, en lo milimétricamente elaborada que estaba y en las horas que le había dedicado. ¿Y si no alcanzaba el resultado esperado?, o peor aún ¿y si lo alcanzaba y aquellos peces gordos veían en mí capacidades de las que carecía? La gente se creaba unas expectativas demasiado elevadas de mi talento. Mis enormes limitaciones me abofeteaban cada mañana frente al espejo del baño y ellos eran incapaces de verlo. Sin embargo, ¡BUM!

Aquel pobre chico iba tan ensimismado y cabizbajo, con aquellos enormes auriculares, que no se percató de la señal acústica premonitoria de la caída de satélite extraviado que durante días habían anunciado con ahínco en las noticias. Su cuerpo, ya inerte, casi se fundió con el amasijo de metal incandescente, aunque apenas sintió nada. Algunos incluso comentaron sorprendidos la tranquilidad reflejada en su  rostro cuando se acercaron a socorrerle.

Un observador atemporal, consciente de la sucesión completa de acontecimientos a lo largo de la vida de aquel chico, solamente podría haber sacado una conclusión plausible. Si sobrepasas los límites de la lástima auto inculcados, acabarás tocándoles las narices a los mismísimos dioses del destino.

 

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

 

Banda Sonora Opcional: Desorden – Izal

 

Este relato fue traducido al francés e incluido en una antología de relatos de escritores españoles por parte del blog Lectures d’Ailleurs, asociado a la Université Paris Ouest. Puedes leer aquí la entrevista que me hicieron para su blog.