Recuerda que es altamente recomendable acompañar la lectura con la Banda Sonora Opcional que aparece al final de cada relato.

   

Revelaciones de una noche de verano

Mujer tendida en la cama con un halo de colores

Puedes ver la imagen original de portada en el perfil de Flickr de Daniel Hoherd.

 

Abrió la puerta a trompicones, después de otra noche memorable que al día siguiente sería incapaz de recordar. Se quitó su segunda piel de gasa y manga corta y puso el disco de Jeff Buckley, dejando que le envolviese la melancolía desgarradora de sus canciones, mientras liberaba sus pies del yugo dictador de los tacones.

Agotada, se tumbó en la cama, mirando al infinito de un cielo de escayola. Conocía cada imperfección de aquel techo con el detalle de una minuciosa observadora. Había pasado demasiado tiempo tumbada, observando aquellas muescas, como pátinas de su propia alma descarriada. Cada una era un proyecto inacabado, una hora restada al sueño haciendo planes imposibles. Con la frustración etílica de otra noche en blanco, aquellas pequeñas rugosidades bailaban juguetonas, haciendo patente su propia soledad, marcando el compás de la triste canción de su existencia vacía. Cada vez dormía menos y bebía más.

Desdibujaba su futuro con sobrada parsimonia, abandonándose a un destino que ella misma se empeñaba en tatuar con letras amargas en su piel. Pequeñas estalactitas apuntándole como los dedos acusadores de una Gorgona. Odiaba aquel recordatorio de su fracaso en forma de gotelé.

Last Goodbye sonaba en la minicadena y una lata de cerveza caliente decoraba su mesilla. Había sacado la tarjeta de embarque para un viaje de ida hacia lo más bajo, tenía las maletas facturadas y le habían dado a elegir entre pasillo o ventanilla. Las cortinas, entreabiertas, dejaban entrar el cálido aire de finales de junio y las últimas explosiones de rezagados espíritus de Guy Fawkes descafeinados, entonaban una melodía pirotécnica en honor al santo Juan. Otro verano iniciado con promesas desteñidas, en una ciudad demasiado grande como para tratar de encontrar un ancla que evitase su deriva.

El teléfono sonó insolente y sus dedos tardaron una eternidad en dejar el orgullo a un lado y obedecer las órdenes de una mente nublada. Tanteó el bolso y por fin dio con el endiablado aparato.

— ¿Dónde andas metida? – Preguntó una voz pastosa con acento extranjero, envuelta en distantes rasgueos de guitarra – Llevo un rato buscándote por toda la playa.

Aquel chico tan guapo cuyos besos había correspondido ya pasada la madrugada, pero cuyo rostro se desdibujaba en una nebulosa, quería reclamar su porción de amor encapsulado.

Había sacado la tarjeta de embarque para un viaje de ida hacia lo más bajo, tenía las maletas facturadas y le habían dado a elegir entre pasillo o ventanilla.

— Perdona, Michael…

— Soy David.

— Eso, David, lo siento, se me ha terminado el Fostissio Lungo. Esta noche te tendrás que conformar con batirte un Colacao.

— ¿Dónde estás? A lo mejor podría pasarme un rato a hacerte compañía, no tienes ni idea de las cosas guarras que se me ocurren ahora mismo — dijeron sus pelotas al unísono.

— Lo vas a tener complicadillo para llegar — respondió ella, adormilada —. Ahora mismo estoy navegando sin rumbo por un océano de arenas movedizas y tú no tienes demasiada pinta de ancla o de timón.

Con el sonido de la desilusión de un millón de vástagos embaucados resonando al otro lado de la línea, Ángela colgó el teléfono convertida en una mezcla perfecta de torpeza y frustración. En las horas más intempestivas era cuando su cerebro funcionaba mejor, como una máquina engrasada. Pero hoy, con los recuerdos de una vida de decepción, hasta pensar le daba un poco de pereza.

¿Dónde quedaban sus metas, dónde encontraría el túnel y la luz al final de su salida? Era difícil ser optimista en una sociedad donde solo se cerraban puertas y se abrían ventanas demasiado altas para sobrevivir a la caída.

De repente, recibió la sonora bofetada de una silenciosa epifanía. Lo dejaría todo, vendería sus valiosas pertenencias y se iría a la India a ayudar a los más necesitados, a Indonesia a luchar contra la destrucción del medio ambiente o a defender los derechos aborígenes en algún lugar de Oceanía. La cuestión era moverse. No dejarse ahogar por la corriente de pesimismo que impregnaba a todo el mundo. Y haría cosas más importantes y la gente la recordaría por su desprendimiento y su osadía. Porque nunca olvidaría que si Mahoma no va a la montaña, es la montaña la que  debe acudir a Mahoma.

Con la pesadez de cada viernes por la noche, fue quedándose dormida poco a poco. Se compadeció de aquel proyecto de Marqués de Sade y recordó, en un último momento de lucidez, que se le estaban terminando los currículums vitae. Al día siguiente imprimiría otra remesa y, si le quedaba tiempo, iría a comprar pan y leche al Mercadona.

 

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

 

Banda Sonora Opcional: Last Goodbye – Jeff Buckley