Alas marchitas

 

No conseguía concebir el sueño, aunque fuese intranquilo. Su lecho no era más que un remolino de sábanas llameantes envolviendo un cuerpo cansado, crecido a destiempo y que en breves momentos había cometido la osadía de creerse conocedor de los misterios de la raza humana. Toda la habitación daba vueltas en una espiral que le empujaba hacia el lado más oculto de su psique, golpeando sus pilares, escupiéndole preguntas y amenazando con no permitirle un segundo de ignorante felicidad.

Siempre pensó que estaba rodeado por un círculo sólido y perfecto, creía que ni una esquirla del material humano del que estaba hecho podía tener ningún defecto. Y, sin embargo, se equivocaba. Por momentos, todo a su alrededor se desmoronaba como si de un castillo de naipes infinito se tratase y era incapaz de comprender la causa, o puede que no fuese ese el problema. Llevaba tanto tiempo asumiendo su nulidad como persona, que esculpía un ideal en cada rostro conocido, reflejo inevitable de un vacío espiritual que intentaba suplir con otros de su condición.

[pullquote]Todo a su alrededor se desmoronaba como si de un castillo de naipes infinito se tratase.[/pullquote]

Sin embargo, estaba empezando a comprender que aquellos que le rodeaban tenían, como él, sus propios infiernos personales de mayor o menor tamaño. Unos círculos de otra índole, imperfectos pero con la capacidad de moldear sus almas y de construir progresivamente su identidad personal.

Por desgracia, se había empecinado tanto en vivir su vida como un manifiesto collage de vidas reflejadas, que su infierno particular se había terminado enfriando, convirtiéndose en un azulado témpano de hielo. Había terminado por ser un humano-dependiente politoxicómano de ajenas existencias.

Desistió su banal empeño de imbuirse en el universo onírico, había llegado la hora de despertar, de crecer, de mostrarse, de desengancharse y actuar con propia voluntad. Descalzo, avanzó pensativo hacia el balcón y puso un pie en el muro que separaba la existencia del olvido. Respiró el húmedo aroma de la una ciudad dormida y estiró sus alas agarrotadas y marchitas.

La luna estaba especialmente bonita aquella noche.

 

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

Banda Sonora Opcional: Hurt (Nine Inch Nails cover) – Johnny Cash

Publicado por Fernando D. Umpiérrez

Guionista, escritor, superviviente y tan biólogo como médico el Gran Wyoming. Un soñador empedernido encerrado en el cuerpo de un pragmático redomado. Observador impasible de realidades alternativas. Ahora sobrevivo como guionista de fortuna. Si buscas alguna historia y no la encuentras, quizás puedas contratarme...