Recuerda que es altamente recomendable acompañar la lectura con la Banda Sonora Opcional que aparece al final de cada relato.

   

El tempo de los olvidados

Hombre arrastrando un piano

Puedes ver la imagen original en el Instagram de Javier Martín.

 

Serie “Inspiraciones mutuas”, una breve aclaración

Si bien es cierto que una imagen puede valer más que mil palabras, si se elige sabiamente, las palabras adecuadas pueden llegar a evocar diez mil imágenes. Por ello no soy demasiado amigo de esa exclusión de conceptos, ya que, juntas, creo que imágenes y letras (y música, y escultura, y un interminable etcétera), pueden llegar a convertirse en mucho más que la suma de sus partes.

Siempre me ha gustado la idea de mezclar artes diversas, de explorar nuevas posibilidades, en un afán por romper esa barrera, por desgracia natural, que se suele levantar entre los artistas. Esos muros, alimentados por el ego, muchas veces impiden ver más allá de individualismos, sin ser conscientes de que de la colaboración entre diferentes individualidades pueden nacer cosas muy hermosas.

Ya he jugueteado con este concepto anteriormente, gracias, entre otros a mi amiga Jen del Pozo, con la que tuve la oportunidad de colaborar, mediante un texto descriptivo, en un precioso montaje basado en sus fantásticas ilustraciones, que era en sí mismo una oda a ese motor para la creatividad que es la colaboración multidisciplinar.

Y como me encanta meterme en berenjenales, esta vez le he pedido a otro gran amigo, Javier Martín, una de sus fotografías para inspirarme (puedes ver esta y otras espectaculares imágenes suyas en su cuenta de Instagram). Como se observa más arriba, en este caso es una imagen en blanco y negro, de un hombre arrastrando un pesado piano por un carril-bici, a partir de la cual he tratado de construir una historia sencilla, de esas que todos nos imaginamos cuando nos cruzamos con ciertos personajes. He aquí el resultado, espero que les guste.

 

El tempo de los olvidados

Como una irónica definición de lo que significa hoy el arte, aquel anciano sin nombre arrastraba sus pies por una ciudad pintada de mil tonalidades de gris nostalgia. Líneas de preocupación e incertidumbre marcaban su frente, dibujando un pentagrama sobre el que se escribían cada vez menos notas negras y más blancas. En su mirada se reflejaba el peso de los años y en sus manos, una suerte de contrastes peleaba por ganarle la partida al tiempo; la dureza de la experiencia frente a la delicadeza del músico entregado.

Un suéter cuadriculado a juego con sus amadas teclas de ébano y marfil, hacía las veces de elegante chaqué de concertista, al tiempo que le daba abrigo en las frías tardes de intemperie y melodías.

Aquel carácter recio y apocado se había ido labrando con el paso de interminables horas, en las que su única conversación era a través de semifusas y corcheas.

Cada día arrastraba su más preciada posesión a lo largo y ancho de la urbe, padeciendo los reproches de ciclistas, conductores y viandantes, pues aún no había en aquella ciudad ingrata, un carril destinado al uso y disfrute de pianistas. Pero a él le traía sin cuidado, pues amaba acariciar aquellas teclas, con las que tocaba profundamente tanto a quienes se paraban a escucharlo, como aquellos que lo oían de soslayo mientras se dirigían al trabajo. Prestaba toda la belleza que no guardaba para sí, a cambio de un puñado de monedas que le permitiese comer caliente y tener un techo, pues no necesitaba nada más para vivir. Aquel carácter recio y apocado se había ido labrando con el paso de interminables horas, en las que su única conversación era a través de semifusas y corcheas, expresando párrafos enteros con la destreza de sus dedos y hablando más con la mirada o a través de su sombrero, que servía como nómina diaria de ala ancha.

Muchos dirán que aquel hombre era el resultado de ese cruel Progreso con el que tanto gustan de empacharse nuestros líderes, pues en su nombre se había arrinconado todo aquello que no fuese productivo. En un mundo donde todo debía dirigirse hacia la excelencia material, cada vez había menos sitio para soñadores, filósofos o artistas y los pocos que quedaban se estaban convirtiendo en logotipos diseñados en base a la tendencia del momento. O entrabas a formar parte de ese catálogo de marcas donde lo que menos importaba era lo que tuvieses que contar, o quedabas condenado al ostracismo.

Y, sin embargo, aquel anciano era un bohemio de otra época que no conocía más redes sociales que las de sus amigos marineros, con quienes compartía anécdotas, vino y risas al final de la jornada. Puede que hubiese días duros y que los lujos formasen parte de una realidad inalcanzable, pero él era feliz a su manera, con sus costumbres sencillas y sus ajadas partituras. Puede que la vida no le hubiese sonreído, pero él siempre trataba de mostrarle una sonrisa a través de sus canciones.

 

Un relato de Fernando D. Umpiérrez

Imagen original por cortesía de Javier Martín

 

Banda Sonora Opcional: Comptine d`un autre ete – Yann Tiersen
Versión interpretada por: Iain Hemstock

 

Si te ha gustado la experiencia, te animo a ponerte en contacto conmigo para jugar a este sencillo juego o al inverso. Es decir, bien puedes facilitarme una imagen o ilustración (siempre asegurando tu autoría) a partir de la cual genere un relato que publicaré en mi blog con las debidas menciones, o bien puedo enviarte un relato que sirva de inspiración para una ilustración o fotografía (que, nuevamente, deberá ser propia y no ajena).

Para más información, no dudes en preguntarme lo que quieras a través de mi página de contacto.

¿A qué estás esperando? ¡Será divertido!